Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

Asunción Lavrin 142 Es verdad lo que dije en la anterior, y que a todos nos causa temor y congoja; cuya memoria no deja enjugar mis ojos. Mas no por esto quisiera V.P. quedarse en ese lago, aunque confiadamente llame al Señor, a nuestro Dios, pues este Señor, más lo quiere dentro de su amante y Santísimo corazón, que no en esa estancia de confusión. V.P. es Sacerdote y Religioso, y debe temer, y todos nosotros lo mismo, porque al fin, somos hijos de Adán, y tenemos imperfecciones, descuidos, ingratitudes, y pecados. Y el peso de ellos nos lleva como de la mano que no salgamos del infierno sino cuando Nuestro Señor Dios piadosísimo ha perdonado, y perdona nuestras culpas, y que con tanta liberalidad ostenta con nosotros su divina piedad, clemencia, misericordia, y amor. No gusta su Majestad dejarnos en este calabozo … En el mismo nuestras infidelidades y que merecemos estar ahí para siempre, y juntamente vemos que tenemos de nuestra parte a la Divinidad misericordiosa y que tenemos vida, y la podemos alcanzar. Siendo esto así, ya conoce V.P. que no digo no pensemos en él, pero sí que no queramos quedar en él hasta que el Señor nos saque. 11 Aunque la cita es larga merece la pena de leerse con cuidado. María Ignacia le escribe como vocera de un Dios que quiere comunicarse con el padre, “por el bien de su alma”. Los sacerdotes también tienen imperfecciones. El padre Valls ha vivido la experiencia del infierno y como humano debe esperar la ayuda de Dios, que no quiere ver las almas en su perdición. Dios perdona liberalmente, pero nadie debe siquiera pensar que esa gracia será recibida. La implicación es que hay que esforzarse para no en caer en el infierno y quien se sienta en él, debe igualmente esforzarse para salir del mismo, especialmente si es un sacerdote. Tanto el contenido del mensaje como el estilo de la escritura revelan una coherencia interior admirable. No es de extrañar que en muchas otras ocasiones María Ignacia lo guiara personalmente a la presencia de Dios a través de experiencias visionarias. ¿Quién dirige a quien en esta relación? Obviamente ella, y lo hace con una autoridad respaldada por sus lecturas. María Ignacia menciona entre sus lecturas a Scoto y San Bernardo. Estamos en presencia de una religiosa que ha leído fuentes primarias de la espirtualidad y puede escribir con una autoridad más que mediana. María Ignacia utiliza sus visiones para tomar el papel de consejera del confesor en algunos asuntos que al parecer atañían a la dirección espiritual de otras religiosas del convento. En enero de 1802, inferimos que hubo un problema dentro del convento referente a la profesión de una novicia. En carta fechada a enero 24, María Ignacia se refiere oblicuamente a algunos “alborotos” que implicaban al padre Valls, y le aconseja no recibir más a una persona que dice ha sembrado cizañas en el convento y entre ambos. A pesar que escribe estar “apurada” en dar tal consejo al padre, no se inhibe. Utilizando la voz del Señor, le comunica: “Dile a tu padrecito que le escriba cuanto conviene y mejor le parezca pues no me he de disgustar y que con su criada le mande a decir que no vuelva más. Si aún va a verlo, ni la oiga ni la hable, pues no quiero; que esa ingrata, Caribdis y Escila, lo detenga en la carrera de mi servicio.” … “Dile a tu padrecito lo que te digo, y algo de lo que te he manifestado para que acabe de conocer el beneficio tan grande que 11 Cuaderno 1C, Carta 5, sin fecha.

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