Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

Sor María Ignacia del Niño Jesús y el Padre Manuel Sancho de Valls: Un epistolario íntimo 141 El afecto de María Ignacia por el padre Valls la absorbió completamente, y le permitió escribir sin temor a que su voz fuera silenciada por esos “escrúpulos” personales que eran objeto de las elucubraciones de autores de tratados sobre la confesión. En varias cartas le comunica a Valls como recuerda sus visitas al convento y lo que sintió al respecto. Por ejemplo, en la carta de enero 9, 1802 (fol.1) le escribe: “…y no puedo negarle que luego que lo vi, me alegró y encendió mi corazón ver lo contento que está con los beneficios del Señor y lo adornado que tiene su pecho y corazón. Por esto fue padrecito el por qué me vio tan encendida, sin poderlo yo disimular.” 10 Esa mezcla de admiración y afecto personal sobrepasaba los linderos de lo que se entendía por una relación confesional, y ponen a María Ignacia al borde de lo que era inapropiado expresar por una religiosa. Por otra parte, no hay evidencia alguna de que esa relación confesional sobrepasó las fronteras de lo aceptable. Teniendo en cuenta que la religiosa era una mujer “de cierta edad” para su época, enferma e incapacitada, sus palabras sugieren má s bien la necesidad de encontrar un alma similar en la comprensión de su mundo interior que un deseo de amor humano. María Ignacia deseaba encontrar en el confesor una persona que también necesitaba de ayuda, y que viera en ella las cualidades de ser una favorita del Señor, una persona digna de oír y ver entes celestiales, capaz de recibir sus favores, y de difundir sus mensajes. Las visionarias necesitan apoyo para validar su posición de ser intermediaras entre el mundo divino y el mundo terrenal. Las cartas de María Ignacia son testimonios de esa necesidad, y el confesor es su recipiente y testigo de mayor confianza. Comencemos por apreciar como la religiosa se hizo “confesora” y consejera del fraile. En una carta sin fecha pero que, por referencia a otra número 4, indica ser de principios de su relación confesional, María Ignacia recuenta en parte, una de las confesiones que le ha hecho el franciscano. El Padre se había visto en honduras que se le asemejaban al infierno. A esto, María Ignacia responde, con la claridad y benignidad propias de un confesor caritativo y bien entrenado llamándole la atención hacia la benignidad de Dios: Me dice V.P. que mi carta No. 4 ha bajado a V.P. al profundo del infierno de Nuestro dulce Redentor, Nuestra Santísima Reyna; nuestro S.P. San Francisco, el dichoso amante de María Purísima, Scoto, y otros santos están presentes, cuando esto escribo. Y me ordena Nuestro Señor Dios amante conteste cuanto conozca es su Santísima voluntad. Como sea, digo, porque actualmente lo estoy viendo, y mis palabras me va notando, y asi digo (sobre bajar V.P. al infierno) es bueno y provechoso para el alma bajar al infierno, y en lo más profundo de él, humillarse, conociendo que, por nuestra cosecha, no merecemos otro lugar y que como dice San Bernardo, bajemos viviendo al infierno, para que no vayamos después de muertos. Bueno es asi, como dije, porque nos libramos asi de ser después de la muerte, sepultados en él. Por esto padrecito, debemos ejecutarlo, en rato separado, para esta meditación, y esto basta para adquirir el santo temor de Dios, y retirarnos de toda ofensa suya. 10 Exp. 6, Carta 27, enero 9, 1802.

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