Sor María Ignacia del Niño Jesús y el Padre Manuel Sancho de Valls: Un epistolario íntimo 139 lectura por estar roto el papel.5 Las cartas comienzan a ser fechadas solamente en la número 18, correspondiente a diciembre 24 de 1801, lo que sugiere que la comunicación epistolar se inició a mediados o fines del mes de noviembre de ese año. La última carta, número 76, carece de fecha, pero se puede situar en agosto de 1802 por referencias en su contenido.6 Fray Manuel Sancho de Valls actuó como confesor del convento con el cargo de cantar varias misas en su iglesia. Fue confesor de María Ignacia por un periodo aproximado de nueve meses entre noviembre de 1802 y agosto de 1803. Ignoramos la frecuencia de las actividades espirituales del padre en el convento de Santa Clara, o la frecuencia de sus contactos directos o indirectos con María Ignacia. Cuando esta contrajo una enfermedad que no le permitía ir al confesionario el Padre visitaba a María Ignacia en su celda. Cuando su enfermedad se agudizó en el mes de marzo de 1802, impidiéndole el libre movimiento de los brazos y haciendo la escritura de sus cartas bastante dificultosas, Valls la visitaba más largamente de lo que era de esperarse. La abadesa del convento le envió un recado para que el padre no se detuviera más de una hora en su celda.7 En una carta María Ignacia se autoidentifica como “cojita” y dependiente de la ayuda de sus criadas para trasladarse al coro. Pasaba la mayor parte de su tiempo en su celda y en su cama, lo que facilitó la escritura de largas cartas cargadas de detalles sobre su mundo espiritual, sus “visiones” y, especialmente, su relación personal afectiva con el padre Valls. María Ignacia tuvo a sus confesores en alta estima. Su concepto del papel del confesor se plasmó en unos comentarios que hizo en 1795 al respecto. Ese año, y mucho antes de haber tomado al padre Valls como director espiritual, la religiosa escribió una carta a otra compañera claustral dándole consejos para lograr una vida ajustada a los más altos objetivos espirituales. En ella se refiere a las consecuencias negativas de no tener un confesor y el respeto que se le debía a ellos. “Más todo te puede provenir, o proviene ciertamente, de la falta de obediencia al padre espiritual … Que en creerle y obedecerle esta todo el asiento, quietud, y bien del alma. Porque el confesor es maestro que muestra y enseña la voluntad del Señor para agradarle; es luz que guía en el camino de la salvación; es médico que conoce las llagas del alma, las cura y reserva … es padre porque recibe a la criatura con mucha misericordia; es juez porque juzga y castiga. Es amigo, pues a nadie se le dice con más confianza cuanto pasa por nuestro interior y, en fin, es el mismo Jesucristo y cuando obedeces sus palabras y las oyes, obedeces y oyes al mismo Dios. Por esta razón, debes amar a tu confesor y reverenciarle, y obedecerle ciegamente.”8 5 Expediente. 1, Cuaderno 1. 6 La numeración de las cartas se inició a instancias del confesor, quien deseaba que no se traspapelaran. Expediente 6, Carta 28, enero 10, 1802. 7 Expediente 10, Carta 49, marzo 29, 1802, fols. 1, 5. 8 Expediente 1, Cuaderno 1 (1796). Este documento está incompleto. Comienza en el folio 16 y está dirigido a otra religiosa cuyo nombre no se menciona, pero a quien María Ignacia llama de vez en cuando “hija mía” y “carísima”, sugiriendo que es una religiosa joven. Está firmado por Sor María Ignacia del Niño Jesús (sin el apellido Parra) y fechado a enero 20 de 1796. Este documento consta de
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