Centro de estudios, la mujer en la historia de américa latina

Asunción Lavrin 138 campo de relaciones entre confesor y confesada y especialmente, el mundo afectivo y espiritual de una religiosa de finales de periodo colonial. Dirigidas a su padre espiritual, las cartas nos ofrecen un mundo conventual poblado de varios personajes claves alrededor de los cuales gira la trama de la escritora. El “padrecito” Valls, es el interlocutor a quien dirige las cartas. Como objetivo del epistolario podría considerársele un personaje pasivo. Pero es también un sujeto activo en cuanto a que sus respuestas (aunque las desconozcamos) mantuvieron el dialogo vivo entre ambos. Los otros personajes que aparecen en las cartas son de carácter divino: Jesucristo, en forma de niño pequeño o de hombre ya maduro; Dios, quien es siempre llamando Su Majestad; la virgen María y San José, como miembros privilegiados de la sagrada familia, y los abuelos de Jesús, Anna y Joaquín, que son mencionados pero que no juegan un rol principal en el epistolario. A estos personajes se unen un buen número de santos que aparecen como “visitas” o son objeto de veneración, y que de cuando en cuando toman la palabra y se insertan en la trama. También encontramos ángeles y arcángeles, los demonios, y Satanás, llamado “patas de lana,” porque aparece silenciosa y traicioneramente, siempre al acecho de almas que perder. Otros personajes secundarios son algunas profesas a quien Sor María Ignacia llama por sus nombres propios, y las sirvientas, “las muchachas” que le sirven sus comidas y la ayudan a moverse dentro del convento y acostarse en su cama cada noche. El entorno espacial de que envuelve a la escritora es su celda, que se transforma en un mundo surreal por las actividades y el constante diálogo con los personajes divinos que visitan a la religiosa a todas horas del día y se comportan como miembros de una familia amante, dedicada a consolar y sostener la fe y la humanidad física de María Ignacia. El Intercambio Epistolar El intercambio epistolar entre estos dos personajes históricos comenzó cuando María Ignacia contaba ya con 19 años de vida religiosa. No se constata su edad en ninguno de los documentos existentes, pero asumiendo que pudiera haber tenido entre 17 y 18 años a su entrada en el convento, la religiosa tendría alrededor de 36 a 38 años cuando se vio envuelta en este episodio personal. Lamentablemente no se han conservado las respuestas del fraile a la monja. Pueden haber sido destruidas después de su fallecimiento, o simplemente extraviadas a través del tiempo. Por su parte, las esquelas de María Ignacia al fraile se conservaron porque pasaron al archivo del convento de San Francisco, en la ciudad de Celaya, posiblemente entregadas por el destinatario en cumplimiento de su deber como miembro de la Orden. Aunque no es posible determinar cómo se inició esta correspondencia es lógico asumir que la misma fue producto del acto confesional y del interés, quizás personal, del confesor en preservar testimonios de una vida cuyo protagonista estuvo bajo su cuidado e influencia espiritual. No es factible dar la fecha exacta del comienzo de la correspondencia. En una carta con una anotación que dice: “Esta es la primera carta que me envió la Madre Ygnacia”, la fecha claramente dice 11 y el año, 1801. El mes es de difícil

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx