Arquitectura y construcción incas

solo arquitecto ha construido este gran número de monumentos» (18?: 449). Sin lugar a dudas, existe una increíble unidad formal en la arquitectura inca; muchos de sus elementos estuvieron ciertamente estandarizados y las soluciones fueron repetidas a todo lo largo del imperio. Sin embargo, si se enfatiza en la repetición y estandarización, también se puede caer en no poder reconocer el amplio rango de variaciones y diferencias sutiles que existen entre edificios y asentamientos, lo que implica distraer la atención de la verdadera riqueza de la arquitectura inca. La estandarización y repetición son necesarias para la existencia de cualquier estilo arquitectónico. Es precisamente debido a que un número limitado de elementos es repetido y organizado en una manera específica que se pueden reconocer, por ejemplo, los órdenes griegos y distinguirlos de otros. Sin embargo, la relevancia de una arquitectura reside no solo en sus cánones sino, también, en la interpretación y aplicación de ellos por constructores individuales. Las desviaciones calculadas de las normas es lo que enriquece una arquitectura. Los constructores incas fueron maestros en la modificación de las formas estandarizadas de las construcciones para adaptarlas a las particularidades topográficas de cada terreno y no vacilaban en inventar y crear nuevos diseños. Los edificios en Q’ellu Raqay no encajan en el molde: los recintos interconectados de las estructuras C, D, E y F se desvían de la norma estándar de la disposición de recintos individuales y aislados. Inconcluso como se encuentra el Sector del Templo, aunque fuera planeado para ser un diseño estereotípico, podría ser sencillo de descifrar. Aun el aparejo de mampostería único del Muro de los Seis Monolitos y las intrigantes trincheras detrás de este y del Primer Muro son indicativos de una intención de aplicar diseños nuevos e innovadores. La percepción del autor, de que la arquitectura inca no fue tan uniforme como se la suele presentar, quedó confirmada una tarde de julio de 1989, hacia el final del trabajo de campo de esa temporada, cuando —junto a sus colegas Barbara Bocek y Robert Randall— tropezó con un pequeño sitio inca, desconocido para ellos, en la parte superior del valle de Pumawanka, cerca de Urubamba y a 20 kilómetros de Ollantaytambo. El lugar, de nombre ’Inkaraqay, es notable no solo por su increíble tranquilidad sino, también, por lo inusual de su arquitectura (Fig. C.10). 338

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