visión para hacer corresponder superficies, con lo cual el número de pruebas disminuye de manera considerable. El método sugerido funciona adecuadamente y tiene la ventaja de no proponer el uso de herramientas u otros implementos de los cuales no se ha encontrado ninguna evidencia. Con ello no se pretende decir que no hay lugar para otras posibilidades. De hecho, Lee (1990) sugiere que los incas pudieron usar una técnica llamada «de raspado y engaste» practicada en la construcción de las tradicionales cabañas de troncos. Mediante ella, el ajuste deseado de las piedras pudo haberse obtenido en una simple operación, es decir, requiriendo que las piedras se moviesen una sola vez al ser descendidas en su lugar final. Si bien esta propuesta luce atractiva, por lo que se mostrará más adelante es poco probable que los albañiles incas realmente la hayan utilizado. LAS PIEDRAS-CUÑA En otras publicaciones se ha mencionado que los albañiles incas debieron comenzar una nueva hilada de mampostería por ambos extremos (Protzen 1985b: 193-195). Las cuadrillas de trabajadores, moviéndose en direcciones opuestas, llegaban a un punto en el que solo había lugar para una piedra más. Los albañiles incas llenaban este espacio vacío con una piedra en forma de cuña, que no se insertaba desde arriba en dicha posición, sino desde la parte frontal del muro. Este argumento está bien demostrado en Ollantaytambo, donde muchas de estas piezas se encuentran aún in situ o en el suelo. El último espacio entre dos piedras no dejaba lugar para encajar una piedra mediante la técnica de ensayo y error. Para solucionar el problema, los albañiles incas desarrollaron la ingeniosa idea de la piedra-cuña (Fig. 11.7). Su bisel es capaz de cubrir cualquier imperfección en el ajuste y se pega a las piedras contiguas mediante una sección muy delgada a lo largo de los bordes presentados 235
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