7 Ensayos 90 años

346 Sara Beatriz Guardia mento entre Mariátegui y Habaru. En efecto, entre octubre y noviembre de 1929, el Monde había invitado a Mariátegui a debatir, en las páginas del periódico, sobre la “Crisis del Socialismo”, junto con De Man, Vandervelde, Karl Renner, Henriette Roland-Holst, comunistas, socialistas; o, como alternativa al envío de un texto inédito sobre el tema, autorizar la traducción de un capítulo de la “Defensa del Marxismo”, publicada por Mariátegui en Amauta entre los números 17 (1928) y 24 (1929). Paralelamente, además de las colaboraciones de Barbusse para Amauta, ésta había reproducido también, en el número 18 (1928, p. 1-8), una encuesta del Monde en torno a la pregunta “¿Existe una literatura proletaria?”, de la que habían participado Breton, Cocteau, Vandervelde, Waldo Frank, Unamuno, entre otros. En el contexto de estos debates, el populismo se irá a"rmando como atributo de una producción simbólica problemática e indeseable, por su carácter antirrevolucionario. En efecto, el término servirá para de"nir la combinación de un cierto agnosticismo, sumado a un (intento de) neutralidad política; esfuerzo que Mariátegui había criticado por su ine"cacia y por el rechazo a cumplir con una función renovadora en el ámbito social o incluso político (como lo había señalado cuando la revista de avance cubana reprodujo la “Oda al bidet” de Jiménez Caballero o, en general, a través de la lectura crítica atenta que hará sistemáticamente de todas las publicaciones de vanguardia latinoamericanas y de los debates propuestos por ellas). Populista también será la literatura que realiza una descripción naturalista, super"cial, turística (al modo de la agencia de viajes Cook) y que simula aproximarse “en el realismo y la objetividad” (p. 6) a la literatura revolucionaria rusa o alemana, pero que, en verdad, institucionalizada por Le temps, especula con esos “valores” para depreciar la literatura de Giraudoux o Morand. Puesto que el “populismo literario” está tan distante del “esteticismo ultradecadente” (p. 6) de Proust o Gide, como de “la desesperanza nihilista y anárquica” (p. 6) de Joyce o Döblin, así como de los factores psicológicos y políticos que alientan ambas tendencias. En lugar de un intento de retorno honesto al Realismo y a la Objetividad, el populismo representaría una operación especulativa que apuesta al alza de los valores asociados a ellos sin profesarlos, promoviendo de tal manera una resistencia, entre el gran público, a la fuerza revolucionaria del Surrealismo. El mismo Surrealismo en el que Mariátegui reconocerá la valentía de haber impuesto a su propio impulso centrífugo y anárquico, la disciplina en la lucha contra el orden capitalista, aceptando la validez del marxismo en el plano social y político. Así, como “especiosa maniobra para reconciliar las letras burguesas con una numerosa clientela de ‘pequeñas gentes’” (p. 7), el populismo literario desapropia las letras burguesas del “empleo exclusivo de los ‘poncifs’ de tras guerra, [d]el apogeo inde"nido de las modas post-proustianas y post-gidianas” (p. 7).

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