300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

Espartano y alegre, adjetivos que en apariencia colisionan, se complementan en el recuerdo del padre Mario para calificar su vida en el convento. Si bien se aclimató con celeridad a Ocopa (“más o menos a los cinco meses comencé a pensar en castellano”), los estudios al principio fueron arduos. “Mis textos de Filosofía estaban escritos en latín por un alemán. Yo no entendía nada. Yo pasé Filosofía por pura merced de los padres, porque aprendí poco”. A los dos años y medio ya podía leer bien en castellano. Un compañero español le prestaba libros y así llegó a las novelas de Ciro Alegría. “Me enamoré de El mundo es ancho y ajeno, yo la recomiendo a todo el mundo”. El padre Mario recuerda que salían a los pueblos a catequizar. También recibían a cientos de niños en Ocopa. Confesaban a la gente, suministraban la primera comunión. Cuando necesitaban alimentarse, iban a la puna a mendigar. “Yo digo ‘qué conchudos, mendigar a gente pobre’, pero mendigamos carneros. Y claro, nos daban carneros chiquitos, flaquitos. Era una experiencia fuerte”. En el convento de Ocopa coincidió con Antonio Goicoechea. Tres años mayor que él, el padre Goico era profesor; el padre Mario, alumno. Aquél había retornado de Tierra Santa, donde había realizado un doctorado en la Biblia. “Regresó revolucionario, quería cambiar todo”, recuerda. Se refiere a él como una persona “eminente”, un “gigante” desde el punto de vista intelectual. “Pero cuando predica, predica a nivel de los más sencillos”, puntualiza para explicar la popularidad de las misas del padre Goico. Tragedia y humor Como el misionero vasco, el padre Mario es una marejada de vivencias que narra en un español cristalino que no menoscaba su acento, y con una precisión quirúrgica que parece que lo que evoca hubiera ocurrido ayer, y no hace casi medio siglo, como el viaje a pie que hizo de Huancayo a Lima (uno de los cuatro que ha emprendido) con un compañero de caminata en cuatro días y medio. Partieron sin saber dónde los agarraría la noche, si conseguirían alojamiento, etc. La única certeza que tenían era su convicción de llegar a la capital peruana. El padre Brown relata cada tramo de su trayecto —Huancayo, Jauja, La Oroya, etc., a qué hora llegaron a cada sitio, dónde durmieron, cuánto les cobraron— sin que ningún detalle resulte superfluo. “Llegamos a Ticlio más o menos a la una o dos de la tarde, pero muertos. Fue mucha subida. Y era el tercer día. Pero una vez que pasamos Ticlio, sentimos volar de libertad”, rememora. Más adelante, San Mateo. “Era tiempo de terrorismo y en Infiernillo dispararon los soldados. Y yo soy tan sonso que de susto y mal genio los requintaba”, se ríe. Fue temerario, pudieron haberlos matado. “Pero padre, estamos aquí para protegerlos”, le dijo uno de los militares para aplacarlo. Siguieron adelante. “Encontramos gente muy linda en el camino”, dice. Su trayecto continuó: Chosica, Chaclacayo, Lima. En aquella época de violencia política, el padre Mario vivió una experiencia que lo marcó con hierro. Un día llegó a un pueblo en Chambara, Junín, casi una semana después que una columna terrorista que había obligado a sus habitantes a salir a la plaza y asesinado al alcalde. 220

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