“Los padres a la una hacen la siesta y nosotros, molestando. Los padres, ‘dejen dormir’, ‘dejen descansar’, y nosotros jugábamos ahí. Hasta entrábamos a ver, y me daban miedo los cuadros que hay adentro, que tienen los diablos con su espada. Siempre le tenía terror. Pero aun así, entraba a jugar mis yaces”, recuerda. Su relación familiar con el convento se extendió a su juventud. Adelita estudiaba Farmacia en Huancayo y hacía sus tareas, con permiso de los frailes, en la biblioteca del convento. Maribel Soto, propietaria de una cafetería en las instalaciones del convento, también creció allí. Y como los padres de Adelita, los suyos fueron trabajadores en la casa de los misioneros franciscanos. Ella ha pasado casi toda su vida en el convento. La influencia de los padres en su formación moral ha sido capital. La han visto saltar de niña a mujer, convertirse en madre, y también han visto crecer a sus hijos. Siempre la han orientado. De las enseñanzas de los religiosos, rescata la responsabilidad, cumplir con la palabra, la puntualidad y, sobre todo, “compartir, ayudar a los necesitados, aprender a desprenderse de lo que uno tiene”, aun por encima del propio bienestar, algo que le reclaman sus hijos: “Mamá, tú das, tú compartes, tú les invitas, tú les regalas”. Del guardián Jorge Ñiquen aprendió que saber perdonar y desembarazarse del odio asfalta el camino hacia la felicidad. Maribel Soto también conserva un grato recuerdo del padre Mario Brown. Recuerda que sus papás no tenían casa y que el misionero estadounidense los convenció para que el dinero de su trabajo lo invirtieran en materiales que sirvieron para construir su vivienda. “Gracias a él está la casita”. Los padres de Carlos Escobar, dueño de una bodega, también trabajaron en el convento. Creció trabando amistad con los chicos que se preparaban en Ocopa para ser sacerdotes. 206 Foto: Javier Ninanya C. Jorge Ñiquen, guardián de Ocopa.
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