300 años : Convento Santa Rosa de Ocopa

“Si no fuera por el convento, Santa Rosa no sería nada”, afirma Bertha Requena. Se refiere a Santa Rosa de Ocopa, el distrito del que fue alcaldesa en tiempos en que el cargo se ejercía ad honorem. No lo dice con énfasis, con intención de dictar sentencia, si no con la naturalidad de alguien que enuncia lo obvio, algo así como que la noche sucede al día. Tan íntimo es el vínculo entre el convento y el pueblo que al actual alcalde del distrito fundado el 29 de agosto de 1921, José Castillo, las autoridades le dicen a veces “fray” o “padre Castillo”. Los frailes de Ocopa tienen una influencia que traspasa las fronteras del convento. El alcalde da fe de ello. Apenas asumió el puesto, el padre Antonio Goicoechea lo mandó a llamar. “Me sentó al frente. ‘¿Cómo se llama usted?’. ‘¿Quiénes son sus papás?’. ‘¿Qué profesión tiene?’. ‘¿Qué va a hacer por el distrito?’”, rememora la batería de interrogantes que le lanzó el sacerdote. “Cuidadito”, le advirtió, “lo que dices tienes que hacerlo”. “Yo, lejos de sentirme intimidado, me sentí muy halagado; o sea, que me haya llamado el padre Goico. Y luego me dio un abrazo, me deseó los mejores éxitos”, dice. También recuerda que un antiguo residente en Ocopa, el fray Antonio Saldaña, lo amonestó por un asunto referido a su gestión. Jorge Cajo, exguardián de Ocopa, corrobora el poder que el cargo ostenta: “Tiene mucha influencia en el pueblo, es una autoridad. Al menos yo lo sentí así. Me llamaban a ciertas reuniones y bastaba que yo pusiera una opinión para que dijeran: ‘El padre lo ha dicho, así que habrá que hacer lo que ha dicho el padre’. Incluso a veces llamaba al alcalde y decía: ‘Mira, a mí me parece que no estás haciendo bien las cosas’”. No es que Santa Rosa de Ocopa sea una teocracia, pero el alcalde Castillo entiende que el distrito que dirige es atípico y que sus vecinos franciscanos pesan muchísimo. Más aún, opina que su influjo es positivo. Sus jalones de orejas sirven para reconducirlos si descarrilan un poco. No son autoridades políticas, pero sí morales. El convento, como la casa Adelita Hilario, dueña de una botica en el distrito, creció en el convento. Sus papás y sus abuelos trabajaron allí. Su infancia transcurrió entre los claustros y patios de Ocopa, por los que paseaba con otros niños como si fuera su casa. 205

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