Con ellos no solo compartía juegos. Provenientes de otras partes del país como Cajamarca o Arequipa, también eran transmisores de experiencias que enriquecían su comprensión de la vida. Como modeladores de personalidad, recuerda que los padres eran severos correctores. “No todo es ver en un franciscano que él es bueno, bonito, te trata bien, todo está bien... Para todo hay momento. Cuando ellos tienen que formar, si se tiene que utilizar el carácter, se usa. A veces nos han corregido. Éramos jóvenes, chiquillos, y a veces, en nuestra actitud, en nuestra manera de comportarnos, no estábamos bien del todo”. Los sacerdotes podían tener puño de hierro para encauzar conductas torcidas, pero también mano abierta cuando la coyuntura lo requería. Maribel Soto recuerda que un día tenía ganas de salir a una fiesta, pero no estaba segura de si — como mujer devota criada en un convento— debía hacerlo. “¿Salgo o no salgo?”. El padre Jorge Cajo resolvió su dilema: “Anda, sal, diviértete, baila, goza, estás joven. Ya te vas a hacer vieja”, se ríe Maribel al repasar. Padres inolvidables Elba Acosta, secretaria del convento entre 1977 y 2020, tiene al padre Antonio Goicoechea en una nube. “Para mí es un santo”, dice. De él recuerda en especial la capacidad que tenía de consolar o aliviar a las personas avasalladas por sus problemas que buscaban a un padre que les brindara auxilio espiritual. Ocopa ha sufrido numerosos robos de cuadros y libros, destapa Elba; sin embargo, nunca olvida lo que una vez le dijo el padre Goico subrayando el valor de lo intangible, más importante que lo material: “Así se lleven todo, lo que no se van a poder llevar es la historia misionera que tiene el convento de Ocopa”. No menos admiración le tiene Bertha Requena, la exalcaldesa del distrito: “Es un monumento vivo”. Adelita Hilario apunta: “Conmigo siempre ha sido muy buena persona”. Cuando tenía un problema, acudía a él. “Hija, no te preocupes, ahorita yo lo soluciono”, le decía Antonio Goicoechea. El padre Mario Brown también es objeto de gratitud por parte de los santarrosi nos. Elba Acosta recuerda que el misionero estadounidense conseguía donaciones para mejorar la infraestructura de Ocopa. En la misma línea, Carlos Escobar, miembro del coro durante alrededor de 30 años, cuenta que el padre Brown se dedicaba a realizar trabajos de mantenimiento en el convento. Fray Lucinio Ortega es otro religioso que Carlos —un hombre muy católico que evita aludir a la muerte y usa eufemismos como “la casa del Padre”— tiene en su santoral de querencias: “Cuando yo tenía más o menos 12 años, estando en el convento (mi mamá trabajaba ahí), me sentí mal y él, al verme, no dudó en auxiliarme. Me condujo a la posta de Concepción y luego a Huancayo. Todo eso ha servido para que nuestras relaciones sean muy pegadas”. Adelita recuerda a Félix Santamaría: “Una muy bella persona. Se portaba como si fuera un padre espiritual. Te aconsejaba, te daba ideas”. Además, fue su profesor de Religión y Filosofía en el colegio Pío Sarobe. Bertha Requena, quien durante aproximadamente un año echó una mano al convento como secretaria, dice que el padre Santamaría era “una persona íntegra, muy dada al pueblo”. 300 años. Convento de Santa Rosa de Ocopa 207
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