El Oncenio de Leguía

- 83 - volente 6 de hacendado pa:ernal que repartía dá- divas á diestra y siniestra. Pero, lo que lo distinguía de ~n patriarC'a primitivo era que no podia estar en contacto inmed1ato con cada miembro de su presunta familia. la que era más larga que la antigua familia tribia1, y que había de por medio entre él y sus presuntos hijos y doméstiC'os una serie de fur,cionariqs pomposos que ni siquiera le referían la verdad sobre ]as rosas que sucedían en su rededor; que Jos constjtuyentes de su peseudo pa- triarcado no solicitaban de él la resolución de asun- tos simples ceñidos a un perímetro chacarero, sino que le exigían el otorgamiento de objetos que había que adquirir á cualquier precio de comercian- tes extranjeros. · Todo patriarcado acaba tan pronto como se aca- ba el primitivo exclusivismo tribial . Cuando po- deres extranjeros ganan ascendenda sobre un jefe de tribu, cuando la regencia se extiende más allá del corto número de familias consanguineas, y los problemas administrativos se complican. el espíritu de padre se anula en el gobernante. Ya calla en el corazón del Jefe de Estado la voz de 1a sangre, ya se interponen entre e] Jefe Supremo y los sub- ordinados los sátrn pes explotadores; ya domina al cacique infkencia extranjera que Jo tienta á traición de los suyos ó arteramente lu asesora mal. Leguía fué ante todo padre de sus seis hijos carnales, cuyos dereos habría satisfecho á costa de toda la población del Perú; sería protector en se- gundo término, tarnbien de sus muchos aduladores y decididos adherentes; sería benevolo en nume- rnsas ocasiones; pero, tenía fijeza. d¿ propósito so- lo en favor de si mismo, y no Je los demás9 La falta de fijeza de propósito ha sido la maldición de la generación contemporánea de Leguía. Así

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