El Oncenio de Leguía
81. - Aquello que tiene de indio la Nación Peruana tiende á hacer á los miembros de ésta dóciles á un régimen que fingiera ser paternal. La pri- mera forma de gobierno de lo-; pueblo:=; ha sido de un modo natural la de un patriarcado, y sien- do primitiva la raza indígena, su fé en sf?mej:mte régimen es sencillamente lógica. Pero los pueblos que por desgracia se han detenido en un estado de infantilidad, no encuentran ya gobernantes pa- dres sino gobernantes padrastros. Leguía, un perfecto criollo, nunca pensó real- mente en el bien del indígena, sino en la utilidad que éste pudiera prestarle. El fin de la polít jea in- digenista, anunciada en el programa presidencial de su última reelecci0n, no se llegó á ver. Empero se vislumbra que él quería hacer de la raza le- gendaria un puente que condujera hacia la meta ex- trema de su ambición insaciable, la meta casi im- po~ible de alcanzar, la corona imperial, en forma de la corona de inca. Un preludio de la sofü:1da co- ronación se hizo er~ una grotPsca ceremonia de a- dulación puesta en escena por obsecuentes s~cuaces, al igual de otros sirr.,ulacros que ingeniosamente se inventaban adivinando y anticipando los deseos presidenciale8. La camarilla que rodeaba á Leguía, degenerando c-ada vez IJlás apantonada en la adulación y la co- dicia, pretendió infundir al pueblo un respeto supers- ticioso al gobernante. presentandolo como un ser intangible, por gracia divina, á las asechanzas de los enemigos. Se inventó para el objeto aquel presunto atentado contra el Presiáente en la Plaza de Ar- rn:as, donde se voló con dinamita un cadaver saca- do de la morgue. alegando que el destino babia obviado una mano asesina que osara privar al Perú de su Taita 6 Amo. El atraso del Perú en comparación con otras na-
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