El Oncenio de Leguía

- 78 - volución del 22 de Agosto de 1930, él creyó encontrar en ese establecimiento múltiples como- didades que había ordenado que allí se introdu- jeran, pero ¡ay! nada de lo esperado había y es que un mandatario no puede confiar en la dili- gencia, obediencia y veracidad de sus subalternos. Un mandatario no manda ni siquiera en la volun- tad del portero de Palacio que niega audiencia al visitante que es parco en propinas; ni en la de su Secretario privado que le oculta las cartas y peticiones que no son de la simpatía de éste. El radio de visión y acción de un solo individuo no puede extenderse milagrosa mente por la sola ra- zón de ser ese individuo un mandatario. Mientras más grande se hace un dominio, me- nos real se hace un gobierno que ejerce en él el titulado mandatario. Es en verdad una flagrante injusticia culpar á U!! gobernante de cuanto abuso ocurre durante su período de administración. El gobernante vi ve con frecuencia engañado de sus sátrapas, consejeros é informantes. Con una ingenuidad que ya no debiera primar en estos tiempos de refinada agu- cia, el público acumula todavía á cuenta del go- bernante las sumas tanto del bien como del mal que se opera por otras causas que el poder del man- dato supremo. El público no se fija todavía en el poder burocrático que se forma inevitablemente al lado de un poder autocrático. Una ley de compensa- ción rige severamente á los hombres, y la cumbre se compensa -con el abismo, el placer maxirno con un do- lor maximo y el mandato absoluto con una esclavitud completa. Pues, no hay man datario que no sea á la V€:Z esclavo de aquellos que lo ayudan á mante- nerse en una ficticia omnipotehcia. Leguía manda en eel Perú once años á coi;ta de hacerse un ser- vil esclavo de sus sayones nacionales y su amo ex-

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