El Oncenio de Leguía

- 77 - No se puede dudar por un momento que LeguÍ- a se vió obligado á asumir en el principio el pa- pel de mandatario en medio de la completa deca- dencia de todas las instituciones originariamente autónomas del país. El reproche que es justo hacer- le es, que r:.o usó del mando para restablecer las instituciones decaídas, sino parn. intensificar el imperio presidencial, desmoralizando á los ciudada- nos en mayor grado que nunca, E:n obsequio á sus fantásticas ambiciones. Complacido recibe el due- ño del Palacio de Pizarra en audiencia á los al- caldes y 1egidores de los Municipios que le agra- decen humildemente el supuesto honor de haber- les dado sus nombramientos. Con la publicación del lacónico texto del Tratado con Chiie en Ju- nio de 1929, la voluntad oficial se había ¡..,rocla- mado, y la ratificación por el Congreso estaba descontada. Hasta la Corte Suprema llegaban los edictos autocráticos y colocaban en los tribunales á hombres sumisos al gobernante, con relación al cual ya no sonaba concordante la palabra Ejecu- tivo. Sin embargo un mandatario no manda sino á aquellos que se dejan mandar. Cuentase que un día llegó á entrevistarse con el Presidente un quejoso venido de la región de las obra~ de irrigación de OJmos, y que Leguía le replicó "En Lima mando yo y en Lambayeque manda Sutton' '. Si aquel cuento no es verídico, es á lo menos simbólico. Leguía no mandaba ni en Talara, ni en Olmos, ni en el Cerro de Paseo, ni en las lineas de las Empresas Eléctricas Asociadas, ni en la Pe· ruvian Corporation, ni en la5 guaneras, ni en la "Seal and Whale Co. ' ' de su hijo Juan. Otrn refPrencia asegura qne, cuando Leguía se halló recluido en el Panóptico despues de la re-

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