El Oncenio de Leguía
- 55 ·de la continuación indefinida de su protector en el poder. Pero el sistema era costoso. El círculo numero- so de gentes cuyas simpatías el Jefe del Estado babia juzgado cuerdo asegurar, se hacia con demasía el niño engreido. Leguía ponia el ejemplo: sus hijos carnales eran los primeros en sus consideraciones, y él no les negaba los pedidos más locm, En las r-=púb1icas actuales sirve el gobernante lo mismo corno en las viejas monarquías con sus ma- jestades por gracia divina, como un modelo para gran parte de sus connacionales. Leguía enseñaba el amor familiar en forma de un consentimiento hasta de las acciones más inmorales y anticívicas, y la población en general seguía el ejemplo. Ca- da uno se acordaba de las exigencias de los suyos y se olvidaba Je la Patria. El gobierno de Leguía aunque un gobierno civil, se apoyó desde el primer· día en las bayonetas, de manera que a los miembros del ejército nada se les podía negar en cuestión de sueldos, ascensos y propinas como la de conceder la cantidad de una libra mensual por cada hijo varón que naciera en la familia de un oLcial militar. Tambi:;n el régi- men del Oncenio se apoyaba en la cooperación que el clero podría prestarle desde el púlpito y el con- fesionario, y por col)siguiente, había que escuchar los pedidos de monjas y obispos. Necesitaba ade- más el gobierno, no sólo de la lealtad de los Prefec- tos, dominadores de las efervescencias de las po- bladas, sino también de} afecto de las masas obre- ras. ¿A cuan tos ascendería, pues, el total de las personas que se preciaban ser sostenedoras del Ré- gimen y pretendían cobrar rus gajes? ! Leguía se enredó en la trama misma de su m- bición demesurada. No faltaban ciudadanos que conservaban todavía recuerdos de un4 fé en la cons-
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx