El Oncenio de Leguía

- 54 - fica entrar en lo que vulgarmente se 11ama políti- ca - es decir buscarse la vida en el servicio del Gobierno. N; el gobierno otorga favores sin exigir servicios, ni el ciudadano presta servicios sin ex1gfr recompensa. Aquelíos peticionarios que en Pala- cio fueron contentados, salían comprometidos y a veces agradeddos; los otros que no fueron sa- tisfechos e~ sus pretensiones se convertian en e- nemigos del Régimen. Era esa una sociedad que nada entendía de civismo, de sentido nac1ona1. Todos aquellos po"tulantes eran quizá muy bue- na gente; cada padre perseguía el adelanto de sus hijos ó el bienestar de su familia particular. ca- da jóven penrnba hacerse una notabilidad en al- gún ramo 'de los oficios, ('ada mujer aspiraba al progreso de ella misma y de los suyos. Pero a- penas se habrá podido t ontar un individuo que haya concebido la obltgac1ón de juzgar lo~ actos del Mandatario con relación al bien general y[no según la norma de su provecho individual. "Leguía me ha dado esperanzas y no ha cum- plido" gruñían uno~; " Leguía ha ~ido buen a- migo" testificaban otros, y en resumidas cuentas las larguezas que se prodigaba eran del Fisco y no del peculio propio del Presidente. ' 'Nada debo a Leguía y por eso rny libre pa- ra juzgarlo", decían unos terceros. Por supuesto, solo eran libre.;; aquellos que nada habian recibi- do de Legufa. Y como los libres no pod ian , ser adictos seguros del Gobierno, por eso Leguia procuraba atar el mayor número de ciudadanos c-on algun acto magnánimo a su persona. Al fi- nal de los diez años de mando de Leguía. la casi totalidad de la Nación se hallaba así enca- den~a en condi~ión de beneficiaria de Palacio, comprometida por intereses personales á no cf'n- surar ningun acto rlel Gobernante y deseosa

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