El Oncenio de Leguía

52 - canta es el que debe conocer la potencia <ie su registro. y no ceder al estímulo de los aplausos ó de su vanidad interior hasta el punto . de sobrepasar los límites de su cuerda vocal, exponiendose á un fracaso. Un gobernante · delante de un público está en la misma situadón como el artista menc10- nado. Tanto el uno como el otro tienen la obliga- ción de ceñirse á lo que pueden dar, y si evitan el fracaso que pudiera amenazarlos, el público 110 tendrá derecho de condenarlos, mientras que, en caso contrario, el fracaso llegará á mortificar á ambas partes, pues el actor sufre una verguenza y e] pú.blico una decepción. Volviendo á la persona de Leguía, la responrnbi- lidad de conocer los alcances de las fuerzas que legítimamente podría emplear en ~su dinamismo era de él y no de la masa de los vulgos. Eso sí, en caso de haber habido en la República una me- nor cantidad de inconscientes y un número ma- yor de con~cientes, su acción habría sido mejor con- trolada. Tomando las corns como fueron, la inad ver- tencia de los peligros que entrañaba el motorismo de Leguía hizo participar á ínfinidad de indivi- duos en un desastre parecido al del vapor "Tita- nic'· que ápostó una carrera en un mar sembrado de témpanos de hielo. "El Presidente es un hombre acceauible", se decían unos á otros los ciudadanos, comparando lo favorablemente con el reservado y aristocrático don José Pardo, "A todos los que consiguen · llegar á su presencia pídíendole cualquier servicio, les va bien. El es muy afable, y posee una memo- ria prodigiosa para las personas que en alguna remota ocasión ha visto". En hombres y mujeres de cnodesta condición despertó un ansia loca de codea r·se c0n el Jefe del Estado-un ansia de ca- racter poco democrático por cierto, pues .solo ere-

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