El Oncenio de Leguía

- 98 - En va.no habianse relatado en nue~tros liceos la leyenda de la destrucción de Ninive, y el episodio de Potemkin, engañando con panoramas pintados á ]a emperatriz Catalina II y la tragedia de Luis XVI subiendo al cadalso, para advertir á los hombres ilustrados del epílogo que tienen las pom- pas desmesuradas. La caída de Leguía más parece obra de la Pro- videncia, de un destino inexorable, que de los hombreL Si el ex-presidente hubiese iogrado esca- par en el "Almirante Grau" hubiera regresado po- sibl~mente despues á Palacio como en 1909. De- pendiera 4uizá de una pequeña inclinación de la balanza de la fortuna el que sus amigos extranje- ros lo hubiesen apoyado y sus partidarios naciona- les hubiesen arriesgado dinero para reponerlo en el puesto. Pero de algún modo prevaleció un senti- miento contrario á Leguía, una vaga sensación diseminada en el ambiente contra quien habfa des- pojado al pais de toda el aura superior quE" al cabo de muchos desastres aun le quedaba en el año 1919. Fué la Justicia Divina diseminada en los co- razones peruanos, que lo hizo morir prisior,ero en• el Hospital Naval de Bellavista el 6 de Febrero de 1932. En ese tiempo hubo bastante libertad de pren• sa para que la "Crónica' ' y • 'Buen Humor' ' de- dicaran al extinto una expresiva página necrológi- ca. Se comparó á Leguía con Pitt, el gran estadis- ta ingles; se habló de la ingratitud de los hom- bres que deiaron terminar á Leguía como Bolívar en Santa Marta y corno Napoleón I en Santa E lena. Así di6 señales de sobrevivenda el partido le- guiista acéfalo. Leguía y el "Comercio ~e habían odir.do de potencia á potencia. Un ~ílencio gla- c ial m arca en las columnas del Decano el instante del deceso del enemigo.

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