El Oncenio de Leguía
- 95 - cer, elevarlo al nivel de ]os libertadores de la Patria y constructores de estados soberanos-¡eso no! Eso necesitaba una protesta y una desenmascaración directa del ídolo al cual infatuadas multitudes rin- dieron homenaje en ~u día y siguen rindiendo cul- to hoy. Es preciso destruír la leyenda del gran Leguía, porque esa leyenda que se mantiene aún en medio de todas nuestras clases sociales, la adinerada y la proletaria, la media y la indígena, amenaza cau- sar todavía funestas reacciones hacia un régimen que envileció al Perú hasta un grado que nunca podría haberse · creído posible, supeditandolo á una hegemonía extranjera, haciendolo idólatra de un fausto que era precio de su dignidad vendida, indiferente á la pérdida de considerables trozos de su patrimonio y ahogado en orgias de crasa in- moralidad. En estas págin~s se quisiera haber sido justo con Leguía el hombre, pero no se ha podido ser cari· tativo con el político que traicionó la ingenua fé popular. Verdadera caridad sería olvidar á Leguía y todos los detalles de su actuación pública, pero mientras sus adherentes fanáticos persisten en reencender la lámpara de su culto, los contrarios no pueden apagar la luz de su crítica. Si Legufa hubiese sido un gran gobernante no habria dejarlo la nave del estado con el casco de~- hecho. Si hubiese sido un patriota, hubiese prefe- rido renunciar al gobierno antes que entregar el Perú en (:Ondición peor de que lo recibió. Las personas que han gozado de las fiestas á crédito leguiistas, y añoran por eso el régimen fenecido del Oncenio, carecen de un sentido colectivista; no poseen más que el sentido de su individual s· is- facción ventral. Es muy difícil ser realmente justo con un próji-
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