El Oncenio de Leguía

e - 90 respondió: Señor , ninguno. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete y no peques más. Y al rede- dor de este episodio ha tejido la humanidad el bello poema de 1a Magdalena. Pero tai poema es bello porq~e cu<"nta que ]a adúltera , convertida en la gran Penitente, se postró ante la blanca figura de] Hombre Puro y juró obedecer la admonición que éste le <lió y no pecar más. La adúltera podría haber quedado perdonada por la caridad qe Jesús y por la raz6n de que ninguno de sus prójimos se haya encontrado en estado de conciencia propicia para erigiI'se en su juez, pero ante la Moral ella, impenitente, no habría obteni- do ningún triunfo. Porque un individuo no deja de ser pecador porque hay más pecadores, y á pesar de que los leguiistas se alegraron de que la culpabilidad de los semejantes de su Jefe parecier~ atenuar las enormes responsabilidades de éste, la Moral seguiría reclamando para la Patria y la Hu manida<i mejores frutos dP lo que dió el ejemplo y e] gobierno del Presidente del Oncenio. No convence el testimonio <le arrepentimiento que tal vez algún sac~dote arrancara al Mandatario caído en sus últirhos momentos. Leguía estuvo quizá de5de antes de su reelección en 1929 cansa- do del peso de su cargo . y fué mantenido en el poder contra su deseo por sus patientes y sátra- pas. Pero éste natural ~ansancio y aqt.ella sumi- sión última no puedP- parangonarse con un verda- dero arrepentimiento ~n plena juventud, cuando existe la posibilidad que en Leguía ya no existía, ' de seguir por ]a senda trillada del pecado. No es i:Jquina contra el protagonista del presente estudio e] hacer notar la circunstancia indicada; no, fiel al ob- jetO(<le la obra, de aprovechar la figura de Lesrnía para dar una gran lección en ciencia ética, se qÜiere señal8 r á los lectores un caso en que muchísimos

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