El indígena y su derecho
trañas tenía derecho? Feli~ment~ que el indio comunero, deja.do abandonado en sus modestos graneros sin instrucción y s in cari- cias de fraternidad, siquiera ha tenido sobre sí el cielo libre y no ha sufrido una soledad ermitaña que convirtiera hasta la facul- tad del habla en la degeneración de gritos inarticulados. Toda- vía el indio, aunque descuidado y Yiciad 1, es un ser normal que solo aguarda la llegada de los socorros rescatadores. Un ejemplo parecido al anteriormente referido, ofrece el caso del inteliz Luis XVII, hijo del rey Luis XVI que sucumbió en la Revolución Fran~esa. Este niño nacido en los e!'plendores de la Corte, de salud florecietlte y temperamento alegre, que revelaba buenas dotes intelectuales bajo Lt dirección de su institutriz, la Marquesa de Tourcel, compartió las dolorosas aventuras de sus padres hasta que los hombres de la Revolucion entregaron el vás- ·tago de la dinastía Bourbon al zapatero jacobino Simón, quien en compañía de su mujer lo aniquiló moral y física·mente contra- tos crueles e iniciación en excesos del vicio. En seguida el desola- do príncipe fué mantenido encerrado en un cuarto, sin dispensár- sele instrucción ni cuidado; nadie penetraba al recinto-las pajas de su colchón se podrían; el alimento le fué administrado por me- dio de un torno. Cuando al fin se dem1nci:S tamaño crimen, el cé- lebre médico Dussault que fué consultado acerca de su estado, de- claro irremediable el caso y el pobre ~liño, de 10 años de edad, cesó de vivir el 8 de Junio de 1795. La salvación del Príncipe Luis, lo mismo como la de la pobre campesina rusa, habría dependido de una intervención a tiempo, antes de que la obra de la ignorancia de los padres o de la mal- dad de los polít1cos, hubiese alcanzado un colmo fatal; antes de que todas las energías de n~a~ció t1 se hubi'2sen doblegado a la cruel insistencia de la adversidad. ' ¡Que abra a tiempo el sol de la conciencia y haga arrepentirse a los insensatos connacionales de 1< >~ indígenas que pretenden con ligereza incalificable desahuciar a la raza de su patria! ¡Que abra el sol y hafia ver las mil razont>S que deben ser to- madas en consideración ant es de dar un paso que pueda resultar en un crimen histórico! Un crimen histórico tanto más enorme cuanto que se trata, no ya de la supresión cruel de uno •o dos indi- viduos desdichados, sino de una raza compuesta de millones con poteñcia para labrar el ciestino de un vasto continente, ¿De donde ha partido ese diagnóstico especial que desahucia el Derecho Indígena? ¿De dónde? Quizá de Wall Street en Nueva
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