El indígena y su derecho

-31- horatorio, porque, en caso de declararse su fracaso en cuanto al bien social que se esperaba de él no habría como recomponer el material deshecho de la prueba. Disgregadas, por la infausta la- bor de uno o dos lustros, las antiguas comunidades indígenas, ja- má~ volverían éstas a congregarse, por más que lo deseasen algún . día los arrepentidos estadistas y patriotas peruanos. El plan de atacar a las antiguas instituciones incaicas y pre- incaicas es cosa que debe pesarse anticipadamente a su ejecución, porque él no es asunto de armar y desarmar una máquina para ver de que modo deben engrann,rse las piezas para funcionar. La raza indígena es en la opinión de muchos mal aconsejadas una máquina que ya no sirve po1· vieja y deteriorada. Tales opi- nantes son también enemigos de la raza china, que es más vieja toda vía que la raza peruana. y que sin embargo da justamente . en la época actual señales de poder funcionar muy bien y de pre- pararse para crear mara villas en el concierto universal de la hu- manidad. Un cablegrama de Moscú publicado en «El Comercio» de Julio 21 ppdo. nos contaba como una pareja de campesinos -rusos cre- yeron encontrar en el rostro de una hija suya de seis años de edad los indicios de la temida enfermedad de la lepra. Conocedores de las costumbres bárbaras del lugar en contra de los leprosos, a que. llos padres resolvieron ocnltar a su desgraciada vástaga y la con- denaron a vivir encerrada en un granero, donde en completo abandono, sin más auxilio que el alimento que le sería propo.Jcio- nado para cumplir con el deber de sustentarla, acabó a los 21 años de confinamiento en ser extraída de su suplicio demasiado tarde, pues esta mujer, joven todavía, de 27 años de edad, había quedado medio ciega, sin desarrollo mental, de cabello gris, mar- chita, de apariencia vieja que lanzaba gritos de indecible angus· tia. Examinada por los; médicos resultó que la supuesta lepra no era más que una afección a la piel de po~a importancia. He aquí un símil elocuente de lo que pretenderían hacer los connacionales de 1a raza indígenn, ton1<P-Rdo los defectos de ésta como indicios de una lepra infamante e incurable. Aquell:¡ señal sospechosa que vieron los padres en la frente de su hija no significaba un mal tan grande como ellos en su igno- rancia se figuraron, y aunque lo hubiese sido ¿fio debieron recono- cer los padres en aquella llaga la descomposición de su sangre propia y procurar protejer a su hija sin apartarla de su seno y privarla de todos los eseacjales de la vida a que el fruto de sus en·

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