La Perricholi, t. 1
I.A '.P:ER.:RtCiiótt DON FRANCISCO.-No sé como antes fuí tan cie- go que no reparé -en vuestros encantos ... DOLORES.-¿ Lo dice el corazón o el despecho? DON FRANCISCO.-¡ El corazón, doña Dolores! ¡Cómo había de tomaros para ahogar mi despecho! Eso no sería de caballeros, y por bien nacido me tengo. DOLORES.-Perdonad, pero como nunca tuvistéis oj'os para mirarme. DON FRANCISCO.-No lo niego, ya os dije que estaba ciego. DOLORES.-¿ Y quién os cegó? DON FRANCISCO.-Una pasión insensata. DOLORES (Con coquetería).-¿ Y cómo ·recobras- téis la vista? DON FRANCISCO.-Os miré, y me dije: Francis· co, aquí tienes la mujer dulce y buena, sin; orgullos ni fantasías, que puede hacerte feliz. DOLORES.-¿ Eso pensasteis? DON FRANCISCO.-Más he pensado. DOLORES.-¿ Podría preguntároslo? DON FRANCISCO.-Sí, podeis. -· .· DOLORES.-Decidme todo lo que pensastéis de mí. DON FRANCISCO.-Una voz interior me dijo: · -. No eres mozo, Francisco, ni arrogante, ni de bello de- cir; si una mujer te quiere, pues, será porque eres honl¡ bre honrado y leal, asi mañana -esto me decía la v9z anoche-, sin perder tiempo, pregúnta)e si quiere ser tu esposa. · DOLORES.-¿Eso bs decía fa voz? . DON FRANCISCO.-Sí, eso me decía la voz .. ·. Quiero saber qué contesta a esto, la voz que hablaba a su Merced. DOLORES (Con disfu.erzo).-¡Ay! ¿A mí? A mí no me hablaba ninguna voz, don Francisco. DON FRANCISCO.-Pues entonces, dejadme que os pregunte ... ¿Queréis ser mi esposa? DOLORES.-¡ Ay, don Francisco!
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