Ciudad del sol

EL DRAMA DE OLLANTAY. Me imagino la figura arrogante y hermosa del General Ollantay, sin duda de tez avellanada, cabellos de azavache y de -ojos- obscuros, de cielo tempestuoso. Soberano debió ser el acogimiento que le hicieran al volver victorioso de sus excursiones bélicas! No admite duda que fué un hombre excepcional. Su alma se abrazó con el gran incendio de la for- rnidable pasión que le inspirara la Princesa Cusi Kcuy- llor. La esposa anhelada, que no podía serlo; de poco le servían sus hazañas guerreras, ni el haber luchado he- róicamente por el engrandecimiento del Imperio. A la casta de los Incas, supuesta de origen divino, no se le permitía mezclarse sino con la nobleza de es-

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