Ciudad del sol
- 91- tirpe, y Ollantay sól10 poseía la de sus aspiracio- nes y la irresistible corriente de su amor que le hizo olvidar la veneración obligada para con el Inca, lle- gando a cometer el formidable delito de s·educir a la Princesa, pero ¿a qué no se atrevería Ollantay, cuan- do unía a la altivez de los grandes, la sensibilidad ex- quisita de un artista? He dicho que era un hombre hermoso : si no bas- tase 1a tradición, _para afirmarlo apelaría al juicio femenino. · ¿Hubiese sido posible que una mujer se enamo- ra se de un hombre olvidando rango, dinastía y apos- ta ta.do de suE creen 1 cias, hasta llegar a entregarse en el abandono del amor, si a la belleza del alrna no hubiese unido la del cuerpo? De igual modo digo que fué arrogante y es1nera- do en el vestir. ¿Puede dejar de ser elegante el seductor de una Princesa? Para él tejían primorosamente las lanas de las vicuñas más tiernas y sedosas, y de los inejores car- neros y alpacas ; había tal esmero en est~ labor, que igua'laban a. las estofas, cendales y aceituníes de lo~ refinamientos árabes. Sobre la lana dibujaban maravillas, más .sorpren- dentes que todos los mosáicos italianos; u~aban lámi- nas de oro tan finas como e'l papel, las que los orfe- bres incaicos habían patinado y estampado, f armando estrellas y .soles, pumas y peces; así los reflejos .metáli- cos que hoy imprime hábilmente Fortuny, en los ves- tidos de interior de las mujeres elegantes, ya se cono- cían como ornamento en la indumentaria nacional. Para justificar su arrogancia basta conocer su valentía . y temperamento pasional; fué s-eductor cual un trovador de la Verona galante; sin duda debió golpear con las macanas de igual modo que un Vul- cano la fragua y blandir la honda, como las flechas los antiguos romanos. Me imagino a este joven de alma atormentada, de nacimiento humilde, con sueños de grandeza y acti- tudes de monarca, sufriendo los indecibles pesares del amante a quien 'le aprüd'Onan a la n1ujer idolatrada;
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