Ciudad del sol

. ( - 89- Busco las caHecitas rúEticas, que pueden ser ata- jos, me detengo delante de los primeros bloques que veo; y aunque a mis amables acompañantes se ha uni- do la indiada y los músicos que entonan la marcha real de los Incas, puedo meditar, reconstruir, inquirir ima- ginativamente. Todos silencian discretamente ; guardan el silen- cio que inspira la veneración; un silencio funerario, solemne, parecido al que reina en las ceremonias de los cementerios. Diríase que con mi presencia iban a resucitar los Incas de sus palacios, de sus tumbas ocultas, a mostrar- se los espectros. Jamás conocí público más discreto, ni mejor edu- cado; habría causado envidia al de las cultas capita- les; ma~s este comportamiento modera·do y digno no de- be sorprender, porque en Ollantaytambo, todo invita al silencio y recogimiento de la vida contemplativa; es aquél un silencio sin aspiraciones, ni turbulencias; di- ríase que son ermitaños sin bosque, subyugados por la ruina monumental, en el adoratorio perpétuo de la magnificencia del General Ollantay. ..

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