Ciudad del sol
- 83- tado por los golpes y virtiendo la sangre del n1artirio, vino de España; ma·s hoy, sometido a la adoración ci- rial del pueblo, tiene el color indiano. Según e11 fer- vor exaltado, este S.eñor sufre como si fuese un cuer- po humano : al amparo de la obscuridad del altar don- de se le venera, lugar obscuro al que no llega la luz hiriente del día, lo ven llorar hum.anizado, con el delirio de las plegarias y aún el amado cuerpo, cubrirse de su- dor, lo que no parece fabuloso cuando se contempla la expre~ión extraordinar.iamente adolorida del divino rostro, artísticamente conmovedor. El día que sale en procesión el Señor de los Tem- blores, constituye una romería a la que acuden los indios deEde las remotas chozas donde mora la gañanía. Las familias enguirnaldan las fachadas de las casas, cubren los balcones con chales y sederías de Ma- nila y hacen tráer desde las haciendas remotaE una pen- ca que sólo en esa región .se produce, la que abriéndo1a deja caer numerosas hojas, más transparentes que una gasa en forma de alas, .las que arrojadas desde la altura, vuelan cual blancas mariposas, arremolinándo- se al rededor del anda venerada. En ese día los jardi- nes del Cuzco agotan sus flores; las monjitas ofren- dan el zahumerio que graciosamente han laborado y que se dilata en espirales de humo perfumado, desde los zahumadores del ingenioso arte platerezco que las devotas prodigan a los pie.s del Señ.or ; y la indiada acude al campo y re·coge todo el muc-chho cuaresmal, con piadoso celo. · La ciudad se vé invadida por miles de indios, pe- regrinos silenciosos de apasionado fervor: los jóvenes trepan a lo máE: alto de los postes del alumbrado pú- blico del trayecto que debe recorrer el anda, ricamen- te engalanada, y así suspendidos, sin otro s.ostén que el propio esfuerzo, permanecen largas horas hasta que aparece la imágen adorada, agobiada de flores, de amuletos de oro y plata, cubierta con rico sudario re- camado con piedras preciosas, ahogada por la densa humareda; gimiente al calor de la plegaria de los ci- rios encendidos: sobre su amado rostro sacuden las preciosas mantas del placentero colorido serrano, de- jando caer laE lágrimas de sangre del m .uc-chho mon- taraz.
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