Ciudad del sol

76 cons-ervo grato recuerdo, aunque no ha corrido des- de entonces largo tiempo, ya ha muerto; y no podía Eer de otro modo, porque a continuar viviendo habría rea- lizado el prodigio de la vida eterna ; a tal extremo le conocí anciano: Tocando el árbol del atrio me decía: "No sé cual tiene más años, si éste o yo'~. La indiada lo veía con cariño y veneración, asom- brada de su .sobrenatural existencia, como si fuese la imágen de algún santo escapado de un altar. Desde joven habitó en Urubamba y cuatro generaciones re- cibieron de su apostolado los sacramentos religiosos y consoladora~ bendiciones : los pequeños le señalaban 1lamándolo "Taita Cura". Se puede de 1 cir que llegó a la ancianidad sin co- nocer el mundo; su aspecto era severo porque sabía que su magisterio era solemne y requería ser respeta- do; pero nadie ignoraba que era muy bueno el Señor Cura, que perdonaba en el confesonario y da.ba la sagra- da hostia con piedad conmovedora. Su casita, pobre y Hencilla como su alma, estaba embellecida por la nabura.. Ieza y agraciada con un jardín pequeñito, lleno .de fuc- sia'.s rojas y blancas que trepaban por el marco de la puerta parroquia'l para desco1ga.rse desde lo alto f or- mando una original decoración. Los .árboles 1 de un huer- to, como el jardín también pequeño, asomaban bene- volmente por detrás de los techos de las habitaciones, cargado~ de duraznos, cuyo peso doblegaba 1as ramas. Un olor suave a fruta fresca llegaba hasta nosotros . mientra~ charlábamos sentados cerica de una burda mesa misionera. El Señor Cura, tenía predilección por las fuc~ias rojas, esas que parecen envueltas en una ·ca- pa car.delanisia, y que se abren a trechos para. dejar ver el corazón relleno de pétal1os blancos ; mas él no las cultivaba, crecían solas, trepaban la pared y se enrEldaban formando guirnaldas naturales. "!Crecen como quieren", me dijo tristemente, y luego con gran desaliento agregó: "Yo nada puedo hacer, ya estoy muy viejo". Silenció un instante y su semblante tor- nóse 1 caviloso, denunciando que oculto dolor le atormen- taba, por lo que le inquirí afable, para que me revela- se su secreto. Como el que hace confidencias a un viejo camarada con sigilo me dijo: "Nunca creía que se

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