Ciudad del sol

_.. 75 gió el General Ollantay, para llorar el infortunio de los amores. que le impusieron la tragedia sangrienta de · la guerra civil. Parece un decorado teatral que tuviese por escenario la gran·deza cíclica de la naturaleza. C10- rno cortina de blanco tul que se descolgase desde e1 cielo ondulante, en reventazón de olas, se ven a~lineadas las cimas de los Andes, disputándose la albura de la nieve que los. empenacha, el azul del firmamento de intensidad apasionada. Debajo de este limbo espumoso, sin dejar espacio a la declinación del color, ni a la languidez de las me~ dia~ tintas, la tierra baldía se muestra negra en té- trica desnudez; a la vera de este m.anto niortuoriiO se extiende la quebrada francamente abierta, con el suelo amorosamente cultivado: diríase una lámina de orfebre prodigioso cubierta de esmeraldas. LaE hojas aguda·s de los maizales, las ramas de los manzanos y duraznos floridos, se estremecen de con- goja al ímpetu ·con que corre el Vilcanota, rugiente y formidable, amenazante como una catarata próxi- ma a desbordarse, con su torrente indomable, que cor- ta y separa el valle de lozano verdor. El pueblo ·de Urubamba, donde só!o debió existir un campamento durante · el Imperio del Sol, destina- do a guarecer los ejércitos del Inca o los del General Ollantay; posteriormente, en los tiempos coloniales, sin duda tuvo mayor importancia que en nuestros días J por su excelencia climatológica que no admite com- petencia .. Allí no existe Hotel ·ni posada alguna; e_1 cambio, el vecindario ofrece galana hospitalidad. ·La amplia plaza principal realza a la pobre Iglesia, de noble as- pecto, por sus dimensiones y limosnera por su de- · vastación. Un árbol majestuoso de fronda tupida, asom- bra por sus gigantescas proporciones. Ha crecido en el atrio, libremente, sin refinamiento ni pulcritudes de horticultura; nudoso, retorcido, extiende sus braz1os múltiples en actitud de pugilato y da sombra en el ve- rano a la indiada que espera a la puerta del Templo. La casa curial de antes sólo conserva de su an- tigua grandeza el escudo episcopal; hoy sirve de plan- tel de enseñanza. El señor Cura, de cuyas bondades

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