Yuyarccuni Año II N° 2 Maria Valdivia 262 carcelario, nos permiten inferir que el preso político se considera siempre superior al otro, también en el sentido étnico, como se aprecia: Indios comunes herméticos, chinos impenetrables, ojos de mirar resignado, criollos vocingleros, expresiones de angustia, miradas firmes, gestos torvos, caras sumidas de dolor, prógnata de asesinos, zambos procaces, hombres severos, un negro venerable. Huellas de vicios, narices sifilíticas, ojos sangrientos, pupilas de epilépticos, caras comidas por la uta, amarillez de paludismo, contracciones de locos, demacración tuberculosa, pústulas ganglionares, asimetrías, ansiedades en los gestos de buitre, perfil violento de un hipersexual, nervaturas de fierro […] vicio, dolor, maldad, indiferencia y perversión, rencor y odio, amargura y tristeza, y todo es vida y todo es injusticia (Seoane 1937, p. 136). El autor señala la composición social-étnica de la cárcel mediante juicios valorativos de la clase a la que él pertenece. Describe con claridad la situación insalubre del lugar, pero también atribuye que raza y personalidad son elementos indisolubles, manifestando todos los prejuicios de su época, como en el caso de los abordajes realizados sobre la condición de los presidios, pero también resalta el deseo de justicia para estas personas. Su objetivo es mantener el sentimiento vivo de pertenencia al grupo político y la lucha por la sobrevivencia para no caer en la desesperación, depresión o el suicidio. Las descripciones arriba mencionadas nos permiten inferir los alcances de la memoria subterránea en torno cuestión de la prostitución o la homosexualidad. El cuerpo en un estado ruinoso sólo puede ser percibido en espacios que han sido diseñados para ello. Los hospitales, por ejemplo. En el caso de las cárceles, las descripciones corporales no sólo expresan la ruina del estado físico de las personas, también expresa la calidad moral del condenado. El preso político observa con cierta condescendencia al otro, el preso común, pero también le teme: el contagio, la aceptación de la práctica del onanismo para evitar cualquier desviación, la exacerbación de la maternidad real o simbólica y la ritualización del binarismo sexual en el caso de las presas mujeres. El cuerpo abyecto, supurante, con llagas, pálido, no sólo es la expresión física de la ruindad carcelaria, también se convierte en el tropo que ancla al prisionero a la marginalidad de la existencia social hasta su aniquilación definitiva, es culpable y por lo tanto la enfermedad corporal forma parte del castigo por un estilo de vida degenerado o subversivo. Clase, género y etnicidad aparecen en la narrativa sobre el presidio, exacerbadas de heteronormatividad. Las cárceles sexuadas por el poder, exponen una serie de prejuicios e ideas que fueron tomando fuerza en torno a la construcción de la masculinidad o la feminidad. El hombre como un ser
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