Yuyarccuni : revista Interdisciplinaria de Estudios Históricos. Año 2, número 2 (2018)

Yuyarccuni Año II N° 2 Erika Caballero 112 buen camino, el cual era la absolución de los pecados, buscando la necesidad de confesar su fé en la Iglesia. Ahí, se incluye la preocupación por el arrepentimiento sincero de todos sus pecados a través de la última confesión. Es por eso que la muerte con esa actitud de consuelo del confesor se convertía en una oportunidad de reconciliarse con Dios. Para obtener la absolución de los pecados y la salvación eterna, era necesario practicar las virtudes teologales: fé, esperanza y caridad, y las cardinales: prudencia, templanza, fortaleza y justicia. De estas virtudes primarias se desprendían muchas otras, altamente valoradas y recomendadas por la Iglesia católica, como la abstinencia, la humildad, la misericordia, la resignación, la obediencia y la castidad. Y que encierra dentro de la buena muerte la intención de sencillez y alejamiento de las cosas mundanas de la vida. Este imaginario se ve reflejado en los testamentos como la elección de mortaja, espacio de entierro, repartición de bienes; recibiendo a la muerte con sencillez y casi popularización con las costumbres fúnebres de la época que corresponde al imaginario. La presentación de sus ropas como indica en la disposición testamentaria presenta la influencia del cristianismo, “como un instrumento valiosísimo para prepararse para una buena muerte y asegurar un lugar entre los escogidos” (Cruz, 1998, p. 105), por ello la utilización de habitos religiosos como mortajas representaban la preocupación por conseguir indulgencias (Gonzalez, 1982, p. 127) eligiendo entre la fransciscana sinómino de modestia y pobreza, la mercedaria intercedora por las almas del purgatorio; asi los santos y apóstoles se vuelven protectores custodios. Como en la cripta dominica, las figuras de los santos adornan las paredes, son 3 a cada lado: San José cargando al niño, San Agustín con una llama en la mano, Santa Clara cogiendo una rama de laurel, el apóstol Santiago empuñando una espada, Santo Tomás con una rama de azucenas -signo de pureza-, San Pedro con las llaves de los cielos en su mano, todos ellos sosteniendo un libro donde están los nombres de los difuntos. Los santos son los verdaderos intercesores al reino de los cielos estando siempre presentes en los testamentos y en las criptas como jueces de nuestra vida y vigilantes de nuestra muerte. Por ello la muerte preocupaba, pues morir sin sacramentos ponía en riesgo el descanso eterno, por que implicaba la prohibición de enterrar el cuerpo en lugar sagrado o bendito. Según se indicaba en la ley II de las siete partidas, las razones que había para enterrar a los muertos en las iglesias eran cuatro:

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