discreto silencio ante ultrajes y disposiciones como cuando el Virrey Francisco de Toledo instituyó con los tributos un mecanismo de opresión económica y social altamente remunerativo. “Nada quedó librado a la avidez de este habilísimo y cruel recaudador de impuestos, que en el colmo de su obcecación llegó a hipotecar los fondos de las Cajas de Comunidad, en garantía de pago del tributo que anualmente debían entregar las reducciones indígenas a las Casas Reales”5 Mientras que la mita, el trabajo forzado impuesto a los indios entre los 18 y 50 años, fue creada mediante la Real Cédula de Noviembre de 1601, dirigida por Felipe III a Luis de Velasco, Virrey del Perú. Aunque estuvo orientada al trabajo masculino en las minas y a la construcción de caminos, las mujeres también estuvieron sometidas a cumplir un trabajo de servicio en las casas y haciendas. Fray Buenaventura Salinas y Cordova, en Memorias de las Historias del Nuevo Mundo, describe las condiciones infrahumanas en las que vivían los mitayos al relatar el caso de un indio cuya mujer presa de la desesperación se había suicidado después de ahorcar a sus hijos ante la amenaza de que los llevaran a las minas. Este no es un hecho aislado, agrega Buenaventura Salinas, porque "lo mismo hacen las madres, que en pariendo varones los ahogan" para evitarles el destino de la mita. Incluso el sacerdote Agia, sostiene en su crónica que el sufrimiento de los mitayos era peor aún que el de los esclavos, "porque los dueños quieren que se mueran antes diez indios que un negro que les costó su dinero". No menos cruel fue la mita de los obrajes a la que estaban obligados casi todos los indios hasta su muerte. Pese a que no existió una política oficial de genocidio, la muerte de centenares de miles de indios en el cumplimiento de “una múltiple y dura carga para con el colonizador, el Estado y la Iglesia”6, diezmó la población al grado que el cronista español Cieza de León llega a decir que: “todos los más de estos valles están casi desiertos habiendo sido en lo pasado tan poblados como muchos saben”7 Mientras que la explotación a la mujer indígena tuvo, además, como signo instituido la violencia sexual, puesto que se dio en un marco donde la violación y el maltrato estuvieron legitimados por el poder establecido. Para los conquistadores los indios eran más peligrosos, más hostiles y violentos, y, por consiguiente, los percibieron como una amenaza latente. En cambio, el elemento sexual estuvo presente en las relaciones de subyugación y explotación a través de las cuales convirtieron a las mujeres en sus mancebas, esposas, amantes, sirvientas y prostitutas. Más de un cronista menciona que los sacerdotes tenían mujeres para que les cocinen, tejan sus ropas y vivan con ellos, y que cuando se cansaban las regresaban a sus casas con los hijos habidos; y otros, sostienen que los españoles tomaban por la fuerza a las mujeres sin importarles que fueran casadas, viudas o doncellas, y que las utilizaban para tejer y para prostituirlas. Incluso, Guaman Poma de Ayala señala que el Vicario de Mata Moros, reunía a su paso por los pueblos a las jóvenes más bellas y con el pretexto de adoctrinarlas en la fe cristiana las iniciaba sexualmente8. 5 José Bonilla Amado. La revolución de Túpac Amaru. Lima. Ediciones Nuevo Mundo, 1971, p. 65. 6 Emilio Choy. Trasfondo económico de la conquista española en América. Lima, 1957 7 Bonilla, ob.cit., p. 46. 8 Sara Beatriz Guardia, ob. cit., p. 59.
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