Veladas literarias de Lima: 1876-1877

RICARDO PALMA ¿Dime, te convendria un alferazgo? -Perdone vueseñoria, no pico tan alto. -Qué nieres E1er entonces, muchacho? 335 -Quiero ser verdugo real,-contestó el soldado con voz sombría. Diego Centeno y los que con él estaban se estremecieron. -Pnes, Juan Enriquez,-contestó el C·:tpitan despues de breve pausa-verdugo real te nombro, y harás justicia en el Cuzco.- y pocas horas despues empezaba Juan Enriqu('z á ejercer las funciones de sn nuevo empleo, corta·ndo con mucho de- sembarazo la cabeza del capitan don Antonio de Robles. III De apuesto talle y de hermoso rostro, habria siclo J nan Enriquez, lo que se llama un buen mozo, á no . inspirar desa- pego el acerado sarcasmo de sus palabras y la sonrisa glacial é irónica que vagaba por sus lábios.- Era uno de esos seres sin ventura que vi ven con el corazon despedazado y que, dudando de todo, llegan á alimentar solo desden par la humanidad y por la vid.a. Satisfecha ya su venganza en Antonio de Robles, el pérfido seductor de su hermana, pensó J nan Enriq nez que no hahia rehabilitacion social para q ni en pretendió el cargo de ejecu- tor de la justicia humana. El verdugo no encuentra corazones que le amen, ni manos que e~trechen la suya. El v~rdugo inspira asco y terror. Lleva en sí algo del cementerio. Es menos qne un · cadáver que paseara por la tierra, porque en los muertos hay siquiera un no sé qué de santidad. Fué Juan Enriquez quien ajustició á Gonzalo Pizarro, á Francisco de Carbajal y á los demas capitanes vencidos en Saxahnaman; y pues viene á cuento, refiramos lo que pasó entre él y aquellos dos desdichados.

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