Veladas literarias de Lima: 1876-1877
o 270 VELADAS LlTERARIAS Nunca hubiera aceptado tal servicio de un desconocido; pero las palabras, las miradas y todo en aquel hombre, reve- laba honor y generosidad. 0 Así no vacilé y me acojí bajo su amparo sin recelo alguno. Su Jto,rmana, bella niña, tan amable como él, salió á mi en- cuentro con tan cariñoso apresuramiento cual si mediara entre nosotras una larga amistad. Me abrazó con ternura y ví en sus bellos ojos dos lágrimas que ella procuró ocultar, sih duda por no alarmarme; y lleYándome consigo arregló un enarto al lado del suyo y colocó mi cama junto á la pared medianera - para despertarme-dijo-llamando en ella al amanecer.- ¿Creo qne aun no he nombrado al hombre que me dió tan amable hospitalidad? ..._No, en verdad-la dije-pero yo sé que fué el general Quevedo. ~Ah!-continnó Laura con acento conmovido-no sola- mente yo tuve que bendecir la bondad de su alma: en el Departamento que mandaba era idolatrado. Cuando llegó á Cobija encontró un semillero de odios políticos que amena- zaba hacer de la pequeña ciudad un campo de Agramante. Quevedo por medio de agradables reuniones en su casa, de partidas de campo, comedias y otras diversiones, logró nna fusion completa, y cuando yo llegué, aquel pueblo asentado entre el mar y el desierto, parecia que encerraba una sola familia. Tal era la fraternidad que reinaba entre sus habi- tantes. Nada tan agradable como la tertulia del Prefecto en Co- bija. A ella asistia el General V., que se hallaba proscripto, figúrate cuánta sal derramaría con su decir elocuente y gra- cioso, ya refiriendo una anécdota, ya disertando de política; ora jugando al aje:irez, ora al rocambor. Yo me divertía en hacer trampas en este juego, tan J'Olo por ver el juicio que de el lo él hacia. Pero el ansia de partir me devoraba. Habia encargado que
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