Veladas literarias de Lima: 1876-1877
JUANA M. GORRlTl 18'1 III Un ~ia que su madre babia ido al pueblo llevando cos- turas, llegó á la pobre casita un viajero; y viendo á María que regaba una maceta de toronjil en el jardincito el patio. -Bue nos días, hermosa niña-la dijo-¿ Serás tan buena que intercedas con tu madre para que me conceda una hora de hospitalidad?- -Mi madre no se halla en casa, señor-respondió María- pero yo puedo rogar á nsted, en nombre suyo, qne s~ apée y entre á descansar bajo nuestro techo- El viajero encantado de aquella invitacion tan graciosa y amable, echó pié á tierra y siguió á la niña que le dió asiento en el sillon de sn madre y le sirvió la taza de café que tenia preparada para ella. Todo eso con tanta sencillez, con tan afectuoso apresuramiento, que el viajero la contemplaba enternecido. -Pero, hija mia-la dijo-¿crées que tu madre lleve á bien este agasajo á un desconocido? -Oh! si señor. ¿No es m~ted un peregrino? -Cierto! y de lejanas tierras llego. -Pnes ella me ha enseñado las obras de misericordia y verá con gozo que sé practicarlas y agradeceró á usted además, que me dé la ocasion ofreciéndole la sabrosa pechuga de un pollo que acabo de estofar para nuestro almuerzo- Y, así diciendo, ponia delante del viajero, en nn estremo de la mesa, una servilleta muy blanca; un cubierto reluciente de limpieza y un plato <le loza con la pechuga del pollo, flanqueada de una torta caliente, cocida bajo el rescoldo, amasada por sus manos para hacer de ella el pan del dia. -Esa es la ventaja que los pobres tenemos sobre los ricos; nosotros preparamos nuestro alimento, ellos reciben el suyo de manos mercenarias. ¿No es cierto, señor qne esa pailta tiene una delicadeza de que carecen las que se confeccionan en las panaderias?
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