Veladas literarias de Lima: 1876-1877

ANGELA CARBONEL 113 en la helada m11no del muerto, alzóse señuda, terrible, y encarár.ido¡¡;e á Pizarro: -Asesino!-exclamó,-la sangre que haR derramado está sobre tu cabeza. Traidor á la fé jurada, perecerás tambien por la traicion !- Sus ojos encontraron los de Hernando que le tendió los brazos, pero ella, señalándole el vacío, -Mira, le dijo, el rio de sangre que nos separa!- y alejándose con rígidos pasos desapareció ....... . Pasó algnn tiempo. Destruido el imperio, la discordia entre los conquistadore8 comenzó originada por la aQlbicion y la codicia que los devoraba. De otra parte irritados, los indios por la muerte de su Inca, exasperados por las horribles crueldades de los conquistadores, alzábanse y empuñando las armas, guiados por la clese.speracion, aprestábanse al combate. Pizarro vió que era menester la astucia para conjurar la cólera de aquellas inmensas multitudes y les mostró á Tupac Inca como su futuro soberano. Invistiólo solemnemente, adornó su cabeza con el llanto imperial, y seguido de numerosa comitiva el nuevo monarca encaminóse al Cuzco. Carvajal al mando de una hueste castellana, completaba el séquito de guerreros indio.s qne lo acompañaban. La clesaparicion de Sumac hab]a tornado á Hernando triste y sombrío; El amor de la jndia iluminando sn camino, habia sido á su alma cual vivificante rayo de sol que da vida á la tierra. Perdiéndola, su ex1stencia habíase vuelto tenebrosa cual una noche sin estrellaH; sus ojos buscábanla por todas partes y sus lábios la pedían con los gemidos del dolor y las imprecacionea de la cólera. La imperial comitiva atravesaba las vertientes de la ele- vada cordillera. La noche habia caido; negros nubarrones cubrian el cielo, enviando torrentes de nieve cuyos copos 8

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