Veladas literarias de Lima: 1876-1877

ANGELA CARBONEL 111 en su trono, y tú y el hombre á quien amas y que te ama á tí inmensamente, gozarán de una dicha sin fin. Suniac escuchaba extasiada esas frases que, por vez pri- mera, oía•de los lábios de un hombre, y sn alma virginal se abría al amor de Hernando, cuyo corazon jóven, no g~tado en locas aventuras, encerraba un tesoro de ternura que dió, desde luego, á aquella que lo hé!.bia amado con el misterioso amor del presentjmiento. Y cada noche la bella india, dejando furtivamente el calabozo, venia á encontrar al jóven castellano; y sentados uno al lado del otro, ora bajo la fronda de los árboles, ora sobre el césped á la luz de las estrellas, entrelazadas sus manos y mirándose en el cristal de sus ojos, platicaban lar- gos ensueños de amor y de felicidad. Una noche vió Hernan- do llegar á su amada anegada en lágrimas. -¿Qué pesar t e aqueja, estrella de mi vida?-la dijo-¿ Por qué el llanto nubla tus ojos mas brillantes que el astro del dia? -Porque las visiones qne tu presencia ahuyentó, han vnelto mas horribles aún, á mi mente. He. visto y el horror ha helado mi alma. Un valle se abría ante mis ojos en ver- des ondulaciones; agrupábanse en él multitud de guerreros formando un gran círculo, en cnyo centro había algo que yo ansiaba divisar, sin poder conseguirlo, á pesar de mis es- fuerzos, y escuché cánticos extraños y los sollozos de una inmensa muchedumbre. Entónces ví ! . ... Lo que había en el centro del círculo era un cadáver .... Y tú del otro lado tendíasme los brazos; pero nos separaba un rio de sangre, y aquella sangre corria tam- bien por mis venas: era! .... era la sangre ele mi hermano!- y la princesa dando un grito de desesp e racion, dejó caer su cabeza sobre las rodillas de Carvajal, que la levantó en sus brazos. -Cesen tus lágrimas, amada mia,-la dijo;-la causa de tu llanto es un desvarío de tu cerebro impresionable y predis-

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