Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas
POBRE IMPORTUNO, SACA MENDRUGO. 21 En lo mejor del recibimiento se encontraban los ca- bildantes, cuando llegó un sujeto fatigado y afanoso: sudosa la frente, la voz entrecortada y carrillos de grana. Llamábase don Blas Ramiro de Maldonado, a quien prese11 taremos en párrafo aparte. III. Si bien es cierto que los muchachos de aquellas épocas eran criados con calzón crecedero, que se amar- raba al sobaco, también es verdad que no alcanzaron á mirar con pena la plaga de los niños que ¡se creen sabios con unos cuantos acertijos que leen en las caje- tillas de los cigarros que fuman. Y, no te escandalices, lector de Tradiciones, que sí, fuman los niños de hoy, a un delante de sus padres~ y ainda mais beben, y ha- blan de Venus á sus mayores. Don Blas Ramiro de Maldonado era un hombre honrado á las derechas, quitándole el flaco de ser no- ticiero y halagador de los gobernantes, con cíertos tin- tes de adulación, fea yerba que tanto ha enraizado en los años siguientes al coloniaje, maleando la prensa, la amistad,· los respetos sociales y hasta los vínculos de familia. La llegada del Virrey, Conde de Lemus, naturalmen- te fué una novedad en el Cuzco, y como recientes es- taban los funestos sucesos del sacrificio de Salcedo, nada más verosímil que se hicieran comentarios justos é injustos, que uno sin otro nunca dan paso en esta tierra de mortales. El hombre que cayó muerto exclamando: ¡sacrile- gio! ¡sacrilegio! fué uno de los que llegaron en la co- mitiva del Conde, sus palabras, y su muerte repentina alarmaron á la jente sencilla, é hicieron ver un monte de peligros para el Virrey, al bueho de Maldonado, y como él sabía aquello de quien da luego da dos veces, se fué delante del Virrey en cuya presencia le dejamos acalorado, y comenzó así ligera digresión: 6
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