Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas

22 TRADICIONES CUZQUEÑAS. -Excelencia, fiel siervo de S. R. M. el Rey mi Se- ñor, indiferente no he de ser á la paz y buen gobierno del reino. El Conde, que no daba su brazo á torcer, practicó rápido examen del hidalgo que le hablaba, y calmoso interrogóle: -Y ¿qué sucede? - · Excelencia, la ciudad comenta acremente, los su- cesos de Laicacota, se critica á vuesa señoría, se le muerde, se le increpa . . . se le calumnia! . . . -¡Hum! . · . . Interrumpióle el Conde lleno de gra- cia, d~ fondo sentencioso y reprimenda moralizadora á la vez. -Esa jente se parece al perro de Juan· de Ateca que antes de que se le dé se queja, y á chismografía que se levanta más abajo de las rodillas, no presta oído el que grande es en la villa y grande en Sevilla. -Excelencia, acaba de morir un hombre, exclaman- do ¡sacrilegio! y ese hombre . . . . ! -Pobre importuno, saca mendrugo, agregó el de Le-_ mus girando su cuerpo hacia la mesa, porque ·su espí- ritu perspicaz comprendió ·que aquel era un adulador de enfadosa calidad. IV. El Correjidor sabía ya y participó al Virrey, que el hombre muerto en la esquina del portal era uno de los revoltosos de Laicacota que hizo fuego á los contra- rios en presenéia del Santísimo Sacramento. . Su repentino fin se interpretó por castigo del cielo, y en memoria del siniestro se colocó una cruz ·que se venera hasta el presente.

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