Tradiciones cusqueñas. Leyendas, biografías y hojas sueltas

\ ' 180 ·LEYENDAS CUZQUEÑAS. el Justicia dictaba las érdenes para emprender la escursión en la que ib_an cifradas la~ . esperanzas de~ corazón de. Cchaska, así también las del Justicia, aunque en diferente sentido. Misterios del corazón! Momentos después bajaba una pequeña embarcación que á la luz plateada de una hermosa luna en creciente, parecía solo un punto negro entre el azul de los cielos y el límpido lago. , Tripulábanla cuatro personas: dos ya conocemo~; los otros eran sirvientes encargados de los remos. El Justicia había tomado entre sus manos las pequefiísimas de Cchaska, quien re~pondió á aquella muestra de afecto, con un hondo zollozo, y .alzando la voz entonó ~n su idit>ma uno de ' esos ayes del alma que son el quejido de un ser desgraciado, y que los expre~a con precisión solo la dulzura del yaraví. Uno de los remeros derramaba lágrimas á la segunda , estrofa de Cehaska, con la misma emoción con que las hijas del anciano Deitrict, las virtierou, al oir las notas del inmortal Ruger oe Lille. Su corazón hondamente conmovido se interesó por las desgracias de esa joven que en medio del .lago Titicaca daba los quejidos de la alondra en los bosques, y juró lib,ertarla. Con ese propósito se dirijió á su compañero, en quichua, idioma con el que se ' habia familiari~ado, y al fin del que, reBpondió el interpelado. -Diablo si te entiendo jota: que para castellanos viejos no se hizo esto de mudar de lengua. -Pues Santiago, yé estaba en mis cinco de ·que tú la hablabas como cualquier peruano,-respondió el que llamaremos Agustín, disimulando con una burlona sonris& la satisfacción que experimentaba al haberse puesto en comunicación con aquella adorable india cuyos pesares iba á calmar. Cchask~ por su parte vió la luz de la esperanza tan hermosa, tan refulgente como es siempre para el que la alc?inza después de con.tínu as ·amar guras, y solo pensó en disimular ante el Justicia las dulc.es emociones que la ajitaban con la idea de ver á Osvaldo. Después de dos horas de bogar por la cristalina superficie del Titicaoa, volvieron remos á la Este~s. Al saltar {t tierra, Cchaska dejó caer entre las manos de Agustín un pequeño pañuelo de hilo, rogándole llegase donde el huaina de la la isla Blanca. En aquel pañuelo iba escrito con el zumo del layo, y en caracteres mal formados, lo que vamos á co~iar.

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