Los ideólogos: José Faustino Sánchez Carrión

JOSE FAUSTINO SANCHEZ CARRION 561 der la medi9cridad, y mucho más, cuando, por una fatalidad de la especie humana, hasta la energía mental, que debiera ser indepen– diente de agentes exteriore debidos en muchas partes a la casua– lidad, está al nivel de las recompensas. Cuya observación induce a proponer como tercer medio la creación de institutos cient íficos que gocen de dotaciones vitalicias competentes. Pues si es cierto que la sabiduría es un ejercicio compatible, en un sentido, con todas las demás preocupaciones de la vida, también es verdad que, para obtenerla en toda la plenitud de su luz,. deben congregarse a su culto hombres enteramente desprendidos de la necesidad de atender a sus urgencias por otros recursos. Y cuando nada de esto fuera: ¡qué de bienes no ha hecho la sabiduría a los estados para que ellos reconozcan sus beneficios, asignando a la privilegiada clase de sus sacerdotes una renta decorosa, así como la obtienen otros en profesiones acaso menos nobles! El 4<.> medio es, el ejercicio libre de la imprenta: cuestión que ya no debe examinarse con respecto a su necesidad absoluta, sino sobre si es o no conveniente al estado actual de las asociaciones políticas. Pues, o se considera la prensa como un derecho, o como una garantía. Si lo primero, todo ciuda– dano tiene facultad irrevocable de proponer mejoras, de indicar reformas, en una palabra de promover la perfect ibilidad de las ins– tituciones públicas. El ciudadano es un hijo de familia social, y le cumple interve– nir en los actos nacionales por todas aquellas vías que no están en oposición con la delegabilidad del poder representativo, que, entre otras, es el libre uso de la prensa. Más, si esta es una garantía : ¡,cómo declarar imprescindibles los derechos individuales, no conce– diendo juntamente el medio de reclamarlos, o más bien, cómo negar la única salvaguardia de su inviolabilidad, cual es el apelar ante la opinión pública, bien de las injusticias, bien de los errores de aque– llos a quienes, por otra parte, ha investido la ley con el poder direc– tivo de la Nación? Pero descendiendo al verdadero punto .de la cuestión: ¿quién negará que la presente posición de los estableci– mientos sociales demanda imperiosamente este libre uso, sin que sea bastante a combatirlo razón alguna? La civilización ha penetrado en todos los pueblos, casi todos ellos están ocupados de la gran con~ tienda de su soberanía, y no hay cuestión política que no se refunda en la del contrato social. ¿Cómo, pues, obtener la expansión de las ideas liberales; cómo obstruir su canal ordinario, cual es el de hablar sin el freno que por tantos siglos hizo enmudecer a la razón; cómo, en fin, hacer que retrograde el orden constitucional, sofocando en

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