Los ideólogos: José Faustino Sánchez Carrión

560 AUGUSTO TAMAYO VAiRGAS - CESAR PACHECO VELEZ diencia ciega a la santidad de las institucione~ liberales! Por lo que al Perú toca, sus soldndos emularían la conducta de los con– quistadores, si, cuando están armados para destruir la obra de Pi– zarro, se tornasen en defensores del despotismo, en la época precisa, en que una torrente de luz ha cambiado entre las nacion:es más gue– rreras la marcha que en otras edades seguía el instinto marcial. El tercer medio de mantener el Gobierno prefijado es la ilus- . tración. Sin ella, ni los ciudadanos podrían conocer sus derechos, ni mucho menos defenderlos, careciendo, por otra parte, de todas las ventajas que proporcionan las ciencias, las buenas letras y las artes, que si bien son hijas de la libertad, no pueden florecer sino en los Estados donde se les fija por establecimientos particulares, tanto para el desarrollo de las facultades intelectuales cuanto para su futura permanencia. Una sociedad sin luces es lo mismo que el mundo físico sin la presencia del astro que preside el día; siendo cosa averiguada que, cuanto lento ha sido el progreso, tanto han tardado los hombres en convencerse de la justicia e inviolabilidad de sus derechos. Y por eso es que ievelada al fin la ciencia de éstos, por medio de un comercio científico, a las naciones que más se han distinguido en la obediencia pasiva, el sistema constitucional ha medrado tanto, que ya es imposible retrograden los pueblos a las formas absolutas. No hay duda: la civilización, hija de la ilustra– ción, y ésta, fruto precioso de la enseñanza aplicada a la masa del pueblo, ha restablecido el poder de las prerrogativas sociales y colo– cado a la razón sobre la fuerza, disipando preocupaciones que mul– titud de centurias habían consagrado como verdades ciertas. H·:ibría adelantado poco la República, y muy efímeros serían por cierto los ensayos de su libertad, si su Carta no consignase algunos artículos capaces de formar el espíritu nacional bajo todos los respectos, con que los conocimientos útiles suelen dar impulso a la razón humana. A cinco pueden reducirse los medios de afianzar la instrucción pública: primero, fijando establecimientos de enseñanza primaria, de ciencia, literatura y artes, tomo que ::>in un método reglado, y sin una asiduidad infatigable no es posible so adquieran sanos prin– cjpios, ni menos se logre difundirlos en todo el Estado, hasLa el caso de conseguir un pueblo regularmente iniciado en el conocimien– to de los derechos y de las obligaciones civiles, y una cla e exten– dida de ciudadanos ilustrados en los misterios de b naturaleza, en el primor de las artes y la cultura del buen gusto; segundo, conce– dí ndo premios a los que se disliuguicron por su aplica ión y pro– gresos, que sin m~te estímulo los primeros talentos suelen 110 exce-

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