Drama en tres actos y un prólogo
• 4,Q llODIL. juzga el pueblo, porque mi conciencia se resiste á un nuevo crimen. ¿Y la veré tranquila prodigar caricias á un rival? No, antes la muerte! Margarita, serás mia ó de la tumba. ESCENA VIII. RODIL, CESAR por el fondo. Cesar. (Un embozado aquí.) Rodil. (Me enfurece la vista de ese hombre. Ah! es el pintor.) Cesar. Caballero! Rodil. Qué me quereis, buen hombre? Cesar. Ha gran rato que os observo y á fé que no es de hombre honrado estará una puerta ocul- tando el rostro en el embozo. Rodil. En tiempo de paz seria razonable vuestra sorpresa, mas cuando tod0s conspiran, perdonad os diga que sois poco avisado. Si fuérais un viejo avaro creeriais que acechaba á esta puerta para ro- bar vuestro tesoro. Cesar. Y o creería mas bien que erais un ladron de mi felicidad; y el que como vos esconde el ros~ro, el que no bastándole el dia para rondar una casa, viene, como las fie1:as en busca de una presa, para- petándose con la oscuridad y silencio de la noche, es tan cobarde como villano. Rodil. Don Cesar! os pesará vuestro insulto. Cesar. ¿Me conocris? Pues, por Cristo que ó me decis vuestro nombre ú os arrarco el embozo. Rodil. Delirais, insensato! Cesar. Ira de Dios! (Le baja el embozo.) Rodil. Atrás don Cesar! C esvr. Rodil! (Retrocede con un movimiento de horror.) Rodil. Pobre loco! Creíste encontrar bajo el em- bozo la fisonomía de un hombre vulgar, y el chas- co te ha petrificado. ¡Imbécil! te has perdido por- que yo no puedo perdonar á mi rival.
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