Recuerdos De Un Bibliotecario Peruano
66 JORGE BASADRE Hubo canjes valiosos. Recibimos, por ejemplo, una co– lección de obras antiguas que pertenecían al Colegio de la Li– bertad de Moquegua y que provenían de la antigua biblioteca de los jesuitas de esa ciudad; enviamos, en cambio, un lote de obras modernas duplicadas y otras adquiridas en libre– rías locales y que podían ser de utilidad al personal docente, al alumnado y al público en general de esa ciudad. La Escue-' la de Ingenieros remitió, dentro de un arreglo análogo, más de quinientos volúmenes de literatura francesa muy selecta, en ediciones muy finas, llegadas a esa Escuela hace años co– mo donativo del Gobierno de aquel país. Vino dicho envío a reemplazar, en parte, la colección que se quemó, adquirida en la época de don Manuel González Prada. Con el convento de Ocopa hicimos, después de las dilatadas negociaciones que ya mencioné, varios ventajosos canjes. Enviamos un duplicado de la crónica de Rodríguez Tena sobre las misiones francisca– nas y obtuvimos un número de libros diversos de primera lm• portancia. Los reverendos aquí no prodigaron la caridad cris– tiana; pero accedieron al comercio a base del antiquísimo sis• tema del trueque. En suma, si se toman en cuenta las especies rescatadas o restauradas, la colección de folletos Zegarra no afectada por el incendio, las compras, los canjes y los donativos, llegamos a tener en tiempo no muy largo la base para una excelente do– cumentación peruana antigua y moderna. Mucho más hubiera sido posible conseguir si hubiéramos dispuesto de mayores cantidades de dinero para enviarlas, después de la guerra mun– dial, a ciertos agentes europeos, norteamericanos, argentinos, bolivianos y chilenos; y, sobre todo, si, en relación con es– pecies en poder de intermediarios en Lima, no hubiéramos su– frido, más de uria vez, la implacable competencia de algunos eruditos y la de varios coleccionistas acaudalados. La adquisición más espectacular que hicimos (si bien no la única de gran importancia) fue la de la colección del gene– ral argentino Agustín P. Justo. Como he narrado los detalles de ella en la Memoria a la que antes me he referido y en una
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