Recuerdos De Un Bibliotecario Peruano

RECUERDOS DE UN BIBLIOTECARIO PERUANO 67 nota aparecida en el Boletín de la Biblioteca Nacional, sólo voy a hacer un resumen de lo ocurrido. En la época en que tuve a mi cargo la Biblioteca Central de la Universidad de San Marcos pude informarme varias veces de las gestiones que ha– cía tenazmente el general Agustín P. Justo, entonces Presi– dente de la República Argentina, por medio de la Embajada de su país, para adquirir obras raras y valiosas, peruanas y ame– ricanas. Análoga labor estaba a cargo de las Embajadas ante otros países del continente. Justo ansiaba emular y superar a su compatriota el general Bartolomé Mitre, en el esfuerzo para atesorar una g:ran biblioteca. Cuando visité Buenos Ai– res en 1942, el mismo ex-Presidente me paseó por su casa para mostrarme con gran orgullo la ingente riqveza cultural que había coleccionac1.o y guardaba en cuatro habitaciones de su residencia. Durante más de doce años contó con la asesoría del erudito librero y bibliógrafo Julio Suárez .De ahí, pues, mi intensa emoción cuando, por una carta particular de Bue– nos Aires, supe que ella estaba en venta, después del falleci– miento de Justo a principios de 1943. Por razones políticas, el gobernante de esa época se había negado a comprarla. El precio en que habían sido tasados estos 28,000 volúmenes, de los cuales el 90% correspondía a obras americanas o referentes a América, si bien no era excesivo, me angustió, pues no dis– poníamos de ese dinero en la Biblioteca Nacional. Como quien piensa en voz alta comuniqué mi zozobra a un amigo, hombre muy acaudalado. Este, con gran tranquilidad, me aseguró que él y algunos amigos podrían reunir aquella suma. "Erogamos más dinero cuando hay campañas electorales", me. dijo con aire confidencial. Comuniqué la buena nueva al Presidente Prado, quien aceptó el aporte de los particulares sólo hasta por la mitad de la cantidad pedida por la familia Justo. Em– pezaron entonces las gestiones en Buenos Aires, por medio de nuestra Embajada, a cargo entonces de José Jacinto Rada cuya colaboración así como la de todo el personal a sus ór– denes, entre el que se destacó Augusto Dammert León, mere– ce el más vivo elogio. Mis conversaciones telefónicas con mi antiguo amigo José Jacinto llegaron a ser frecuentes, a veces diarias . Fue una verdadera luch~. Nos enfrentamos primero

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