Recuerdos De Un Bibliotecario Peruano

RECUERDOS DE UN BIBLIOTECARIO PERUANO 33 La tesis del incendio intencional ganó, por un tiempo, gran boga en ciertos círculos y corrillos. En algunos, extra– ñamente, fue silenciada inmediatamente después de mi nom– bramiento. De la atenta lectura del informe redactado por los miembros de la Comisión de Reconstrucción José Gálvez, Ho– norio Delgado y Luis Alayza y Paz Soldán (22 de junio de 1943), deduje que sus conclusiones eran verídicas en lo esen– cial. Declaré en ese sentido en la información que abrió el juez doctor Pedro Gazats. Me parecía que habiendo estallado el incendio en la madrugada del lunes, o a más tardar en la noche del domingo, no podía ser atribuible al descuido de un lector o de un empleado, pues la Biblioteca se cerraba para el público a la 1 p.m. los días sábado. Las largas distancias recorridas por las llamas, la violencia de su acción horizon– tal y orientada hacia las colecciones más valiosas, apretadas unas' contra otras como si fueran muros, y el volumen de la inmensa destrucción en la mañana del lunes, hacían pensar que el origen no podía ser debido a desperfectos en las insta– laciones eléctricas. Afirman expertos en siniestros, como el señor Donizetti de las Empresas Eléctricas Asociadas, que no se ha dado el caso de incendios tan vastos y tan tremendos como el de la Biblioteca Nacional de Lima por obra de un alambre viejo o de una lámpara malograda como agentes pro– pagadores del daño; y, además, en un día no laborable era de suponer que las instalaciones del edificio no hubiesen sido conectadas. Puede no ser verosímil esta teoría; pero lo que sí es exacto es que, en contraste con la facilidad con que se quema un papel, es muy difícil quemar un libro encuader– nado, y dificilísimo que se conviertan en cenizas, en forma tan horrorosa, miles de libros guardados en estanterías a lo lar– go de muchas habitaciones de gran amplitud. Por otra parte, la teoría de la intervención huma.na pa– rece algo tan fantástico que sólo tratándose de mentes en– fermas o frenéticas resulta imaginable. ¿ Quién podía ser ca– paz de cometer el crimen de destruirle al Perú su más valio– so patrimonio cultural? Alguien dijo que tal vez fueran los japoneses perseguidos entonces; pero ningún indicio susten-

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