Recuerdos De Un Bibliotecario Peruano

RECUERDOS DE UN BIBLIOTECARIO PERUANO 31 suscribir la Ley de Educación de 1941 dentro de cuyo texto había sido injertado el "artículo Basadre". Tal vez le habló, por su parte, el canciller Alfredo Solf y Muro, Rector de San Marcos entre 1935 y 1939. Lo cierto es que yo había vivido muy alejado del pradismo desde las elecciones de este úl– timo año. Estaba en abstinencia política, consagrado al traba– jo docente y a tareas intelectuales propias. Cierto día, un amigo malicioso sugirió la idea de que el verdadero motivo para que me escogiese el Presidente Prado fue el hecho de que mi campo favorito como historiador ubi– cábase en la República . Esta tesis cínica que, por lo demás, no resulta viable pues don Manuel nunca trató conmigo asun– tos conexos con el pasado nacional, lo que habría tratado de hacer era neutralizarme (4) . Que mis opiniones sobre la guerra de 1879 no cambia– ron en un ápice, lo sabe todo lector del libro Historia de la República del Perú en sus seis ediciones; y no faltan quienes se jactan de que poseen ejemplares de cada una de ellas. Una calumnia tenaz, que alcanzó una divulgación muchísimo mayor de lo que podía imaginarme, a través de largos años sostuvo lo contrario; y así ofreció, a costa mía, una prueba de lo frívolo, irresponsable y ruin que este ambiente puede (4) A raíz de mi injustificada expulsión de la Biblioteca de San Marcos, comencé a editar en 1942, con sacrificio económico, la revista Historia. Como evidencia de que no me sumía en un silencio burocrático, la seguí publicando después de haber sido nombrado Director de la Biblioteca Nacional. En dicho órgano firmaba unas "Crónicas nacio• nales" que, a veces, interfirieron en las cosas públicas. En una de ellas señalé la impor tancia de las elecciones presidenciales de 1945, coincidentes con la victoria de los aliados en la II Guerra Mundial. Algo más, lanzada por el Frente Democrático Nacional, organismo que coordinaba a la oposición, la candidatura del Dr. José Luis Bustamante y Rivero, expresé mi más decidido apoyo a ella. El Presidente Prado jamás me habló de Historia ni de las opiniones vertidas en dicha re– vista.

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