Recuerdos De Un Bibliotecario Peruano
30 JORGE BASADRE has acerca de mi compromiso ya contraído, y fundamentando, con la mayor franqueza posible, mis otras razones. El Presi– dente Prado insistió, sin embargo, e invocó el nombre del Perú. Ante la calidad de su argumento y la reiteración de él, pedí veinte y cuatro horas para reflexionar. Y al cabo de ellas me pareció que hubiese sido una traición a la razón de ser de mi vida si persistía en la negativa. No había pedido el car– go, ni lo había siquiera deseado; pero no me era dable re– chazarlo si se insistía en confiármelo y si se convenía en cier– tas condiciones básicas. ¿Por qué fui yo escogido? El Ministro de Fomento Carlos Moreyra y Paz Soldán se había interesado por el nombramien– to de Raúl Porras Barrenechea. Luis Alberto Sánchez cuenta en sus memorias que el diputado José Angel Escalante, de la mayoría gobiernista, hubiese querido propiciar su candida– tura. Mi recuerdo de esos días fue que estuve quieto, muy le– jos de todo ese ajetreo. El mismo Carlos Moreyra me ha re– ferido en febrero de 1972 que el Ministro de Educación Lino Cornejo le expresó allá en junio de 1943: "El Presidente y yo hemos convenido anoche en que no hay sino dos candidatos para la Dirección de la Biblioteca Nacional: Porras y Basa– dre. Yo he escogido a Basadre". Aunque hacía mucho tiempo que no lo veía, recuerdo que fui buen alumno de Cornejo en su cátedra de Derecho Comercial y que lo encontré por casua– lidad en Madrid hacia 1943, ocasión que dio lugar a que char– láramos amistosamente varias veces, con esa sencillez que los connacionales adoptan en su relación en el extranjero y que más tarde se esfuma. No llego al extremo de creer que Prado entregara la decisión en este asunto, de modo exclusivo, a un Ministro. Sobre el Presidente quizás influyó también el recuerdo de que le suministré algunos datos desde la Bibliote– ca de la Universidad de San Marcos cuando él manejaba el Banco de la Reserva, antes de su ingreso a la vida política, en contraste con la inoperancia de la Biblioteca Nacional; estar enterado de que me había especializado en técnica bi– bliotecaria en Estados Unidos; y, acaso, la impresión muy fresca de la injusticia personal que, sin saberlo, cometió, al
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