Peregrinaciones de una paria
96 FLORA TRtSTAN [os soldados turcos, cristianos y sarracenos. En seguida se ponen a zarandear a los judíos, que se encuentran en gran número en el ejército musulmán, a donde han acudido de todas partes para comprar los despojos de los cristianos. Como no quieren convertirse, los cristia• nos y los nuevos convertidos los golpean, les quitan su plata, se apoderan de sus vestidos y les dan harapos en cambio. Esas escenas burlescas fueron muy aplaudidas. (Después comenzaron de nuevo los cánticos, miE!ntras se quitan al emperador y al sultán sus vestidos impios y !la Virgen los reviste, con gran ceremonia, con los vesti• dos sacerdotales de sus nuevas.. dignidades. Llega enton– ces Jesuscristo, se· presenta ante su madre y acompañado de San Mateo, da su bendición a los dos ejércitos con– !fundidos. Se arma una mesa, alrededor de la cual se sientan, jerárquicamente, Jesucristo, la Santísima Virgen. San José, San Mateo, los generales cristianos, el empe– xador de los sarracenos y el sultán. Hay trece cubiertos y un judio, para aprovechar la comida, se desliza furti• ¡\·amente al décimo tercer asiento que queda desocupado. :Jesús ha partido el pan y ha hecho pasar la copa a los .convidados, cuando se dan cuenta del fraude. Inmedia– tamente el judio es arrojado de su sitio y ahorcado Ca lo menos su efigie) por los soldados. Continúa la comida, y la atención es cautivada por la acción de Jesucristo que renueva el milagro de las bodas de Caná y cambia el ~gua en vino de Cfanarias. En realidad, un negro, oculto bajo la mesa, sustituye con bastante habilidad un vaso de agua por otro lleno de vino. Durante la comida, ell coro de vírgenes canta himnos. Es asi como se termina. la representación de la que, imperfectamente sin duda. acabo de trazar un esbozo. El pueblo estaba como loco; aplaudía, saltába de alegría Y gritaba con todas sus fuerzas: ¡Viva Jesucristo! :¡Viva la Santísima Virgen! ¡Viva Nuestro Señor Don Jo– sé! ¡Viva nuestro Santo Padre el Papal ¡Viva! ¡viva! ¡viva! Con estos medios es cómo se mantienen a los pueblos de América en sus prejuicios. El clero ha ayudado a la
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